“En la década de 1950, vivió en Huacho el brujo más famoso y temido de todos los tiempos: Don José Yancunta.”, me comenta Julio Solórzano, mientras tomamos un café en un restaurante cercano al Terminal de autobuses. No hay muchas personas por aquí, solo una pareja en una mesa al fondo y una familia que acaba de sentarse en la mesa de al lado. Solórzano es presidente de la sociedad de poetas y narradores de la región Lima provincias e investigador de curanderismo y brujería. Ha conocido –y conoce- a muchos de los brujos más respetados de Huacho, y es, probablemente, una de las personas que más sabe sobre el mítico Yancunta. Incluso, tiene un blog en el cual publica periódicamente sus investigaciones. Para él –a diferencia de los pobladores comunes- no es problema hablar del brujo más representativo de Huacho:
“Vivió en el barrio de Luriama, era trigueño, de baja estatura y ciego, andaba siempre en un caballo blanco y era muy asiduo a las peleas de gallos. Cuentan que cuando iba a una pelea, Yancunta pedía hacer cantar a las aves y elegía al que tenía el mejor canto, ya que este correspondía al mejor luchador. Yancunta siempre ganaba en las apuestas, y hacía enfurecer a los organizadores.”
Las personas que están en el restaurante se muestran nerviosas al escuchar nuestra conversación, y la pareja se retira. Julio continúa, entusiasmado: “Sin embargo, son muchas las fantasías que se hablan sobre Yancunta: que se convertía en animales, que desaparecía, etc. Esos son solo inventos que se cuentan para aumentar la popularidad del brujo, nada de ello es cierto.”
“En el distrito de Hualmay, vivía uno de los brujos más conocidos y poderosos de la época: Canebo. Él era el líder de los brujos de Hualmay, y aseguraba ser mejor que cualquiera de Luriama. Yancunta no se quedó atrás, y pactó un encuentro, un duelo mágico a solas contra Canebo.”
La emoción con la que Julio Solórzano cuenta la historia hace que la familia que se sienta en la mesa de al lado se empiece a inquietar. “Una noche se fueron al campo, lejos de la ciudad. Se internaron en la campiña, donde nadie podía verlos. Allí tuvo lugar el reto.”
“Nadie sabe lo que allí pasó, lo único que sé es que Yancunta volvió del encuentro ciego. Canebo nunca regresó.” El relato se ve interrumpido por el súbito llanto de la niña, quien grita desconsoladamente que tiene miedo y que se quiere ir.
Lo padres, al ver que sus intentos por detener el llanto de su hija no son fructíferos, deciden retirarse del lugar mirándonos con cara de pocos amigos.
Miro alrededor y noto que no hay nadie más aparte de nosotros en el restaurante. Los únicos sonidos que escucho son los de nuestras voces hablando sobre brujos. Una sensación parecida a la de la otra noche en la campiña me invade de nuevo.
-¿Qué diferencia hay entre los brujos de la época de Yancunta y los actuales? –le pregunto.
-Los brujos han cambiado mucho desde entonces, ahora sólo se dedican a hacer negocio, buscan beneficios económicos, parece que se hubiera perdido la esencia de lo que significa ser brujo. Los de antes lo hacían por pasión, por diversión; hoy, por dinero.

1 comentario:
Vas por muy buen camino en lo que es hacer crónicas. Me gusta este relato. El paralelo que haces con la descripción de la escena donde se desarrolla la cónica está bien trabajada. Corregiría un par de detalles de redacción, osea, muy poco. ¡Adelante con las crónicas!... hasta un siguiente post, amigo gfox.
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