martes, 4 de diciembre de 2007

A Huacho me fui II

La campiña de Luriama puede llegar a ser un lugar divertido durante el día: mucha gente, sol, bosque, comida, viento, naturaleza. Es decir, el lugar ideal para pasar un día de campo con la familia. Sin embargo, este apacible y relajante lugar se transforma en horas de la noche, y adquiere un aspecto más bien sombrío, silencioso y solitario.

Son las diez de la noche y voy en busca de Pocho[1], un conocido curandero que vive en Luriama. Para llegar a la entrada que lleva a la casa de Pocho, es necesario tomar la autopista y alejarse algunos kilómetros de la ciudad de Huacho.

La carretera nos deja en la entrada a la campiña. Frente a mí, una trocha iluminada solamente por unos cuantos tímidos postes de alumbrado público se abre paso entre los arbustos y árboles cercanos a las tierras de cultivo. La oscuridad, el silencio y el frío de la noche parecen cubrirlo todo a mi alrededor. No diviso una sola persona, y las pocas casas construidas a ambos lados del camino, tienen todas sus luces apagadas.

Voy caminando con unos guías, habitantes de Luriama. El sonido de nuestras pisadas en la tierra y nuestras voces logran romper el silencio sepulcral que domina el lugar. De pronto, se escuchan sonidos de animales que parecen estar escondidos detrás de los arbustos, asustados, o quizá enfurecidos por culpa del ruido que provocamos.

Me acuerdo de Jonathan Harker, el personaje de la novela Drácula, perdido en medio de un paisaje tenebroso, llevado por un camino abrupto que tiene como destino el castillo del temible conde Drácula. En la novela de Bram Stoker, Harker es un inglés indiferente a supersticiones y leyendas, y que envalentonado por su incredulidad, se deja llevar hasta el peligroso castillo, en donde vive las más terroríficas aventuras.

-Debemos doblar a la izquierda –me dice mi guía, en un punto en donde el camina quiebra, dejando al frente un gran descampado en donde no habían ni casas, ni tierras para cultivar, ni arbustos, ni ningún rastro de vida. Un terreno completamente muerto.

-¿Por qué está vacío? –pregunto, absorbido por mi curiosidad.

-Es un cementerio –responde tranquilamente, no le sorprende mi inquietud- es el antiguo cementerio de la campiña, el nuevo está más adelante.

-Ah, es el antiguo cementerio –balbuceo mientras siento que un frío intenso recorre mi espina dorsal –eso quiere decir que…

-No. Los cuerpos siguen enterrados aquí.

Tras caminar quince minutos, llegamos a la casa de Pocho. Sale a nuestro encuentro un joven de menos de veinte años, quien alegremente nos dice que Pocho no está, se ha ido a los gallos.

En Huacho, así como en las ciudades aledañas, las peleas de gallos congregan a cientos de personas, que acostumbran apostar dinero al gallo de su preferencia. Así que volvemos a la ciudad, en busca del coliseo donde usualmente se presentan las peleas de gallos.

Sin embargo, el estadio se encuentra cerrado, vacío y con las luces apagadas. Hoy no hay peleas, tendré que buscar a Pocho en otro momento.


[1] Nombre cambiado para efectos de esta crónica.

1 comentario:

silvana dijo...

tutuuuu yo tb e ido a la campiña pero no vi brujos:S tamare, yo tb kiero ir, ta muy paja tu nota ahh, interesante, yo pense que los brujos eran como harry potter:S m mataste:S