domingo, 16 de diciembre de 2007

Baje con pie derecho

Combi: Dícese del medio de transporte netamente peruano en el cual la gente tiene el mismo rango de consideración que una sardina enlatada y donde se puede comprobar una realidad que desafía las más básicas leyes espaciales: al fondo SIEMPRE hay sitio.

Para atreverse a tomar una combi se necesita tener las agallas suficientes como para aguantar pisotones, empellones, insultos y sacudidas; pero en una ciudad como Lima, las personas que padecemos este suplicio hemos aprendido a tomarlo de la forma más divertida posible.

No hay por qué renegar cuando un cobrador no te quiere cobrar el medio pasaje –que, con suerte, llega a ser 70 céntimos, cuando debería ser 50- y te hace problema en el carro. Lo que se debe hacer en esos casos es, antes de que venga el cobrador, sacar el boleto del día anterior, mostrárselo y poner la cara más furiosa que se pueda adoptar, mientras le dices de la forma más fresca posible: “¡Ya te pagué!”. Claro que si el cobrador advierte el engaño, la forma más efectiva de esquivar la inminente pateadura es saltando por la ventana más cercana.

Pero también hay oportunidades para los que hacen viajes largos y no gustan de aventuras tan riesgosas. Hacerse el dormido durante dos horas, y “despertarse” justo cuando se llega a la calle deseada puede aturdir al cobrador, lo que permitirá pagar, en el peor de los casos, una china –unidad de valor que en oídos de un cobrador es un insulto; y en los de un pasajero, una bendición del cielo- , siempre y cuando los argumentos emitidos sean lo suficientemente creíbles: “acabo de subir hace un par de cuadras”, “vengo de acá nomás, de la Bolívar”, “ya me pasé, por tu culpa ¿y encima me quieres cobrar?”.

Para los amantes de la velocidad y la adrenalina, esos a los que la montaña rusa del Play Land Park no les produce más que una sacudida minúscula; la opción perfecta es instalarse cómodamente en el asiento al costado del conductor, cerrar bien la puerta y colocarse el inservible cinturón de seguridad.

Entonces se estará listo para practicar el deporte de aventura más peligroso del mundo: Recorrer la avenida Arequipa a bordo de un transporte manejado por un conductor obsesivo de la velocidad, los piques y el intenso placer que supone poner en peligro la vida de pasajeros y peatones.

El deporte también incluye la mágica emoción de ir esquivando transeúntes, perros, autos y demás baches que se interpongan en el camino; mientras la combi se mueve zigzagueante, produciendo mareos, dolores de cabeza y náuseas. Todo ello al módico precio de un nuevo sol.

Muchos se quejan de que Lima no tenga un metro, pero lo cierto es que gracias a ello podemos decir que tenemos el sistema antiestrés más efectivo y divertido del planeta. Aunque siempre queda la opción de viajar en un cómodo, seguro y aburrido taxi.


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domingo, 9 de diciembre de 2007

A Huacho me fui - Final


-Yo antes hacía rezadas –me confiesa Rocío mientras desayuno el último día de mi estancia en Huacho- y también podía leer las cartas, pero me enfermé y ya no lo hago más.

Muchas personas por aquí saben de rituales y pociones, sin necesidad de ser curanderos o brujos. Es como si todos los pobladores tuvieran algo de magia ancestral escondida, y sólo de vez en cuando lo sacan a flote.

-Todo depende de uno mismo. Si en realidad tienes fe en que te vas a sanar, pues lo haces. Si estás convencido de que te han hecho un daño, empeoras. Tiene mucho que ver con la psicología y la autosugestión.

Quizá esta explicación sea la más acertada respecto al origen de las creencias huachanas: una sociedad con un legado milenario de dioses, mitos y costumbres andinas que se mezcla con la tradición cristiana para dar lugar a un híbrido que se tiene una gran acogida en distintos lugares del país. Pero que sin duda tiene su mayor referente en Huacho, la ciudad de los brujos.

viernes, 7 de diciembre de 2007

A Huacho me fui V


“‘El Magnate’: Maestro curandero”, dice el título de la tarjeta personal de Manuel Sánchez. De aproximadamente sesenta o quizá más años, flaco, calvo, y sonrisa amigable, me invita a pasar a la sala de su casa para la entrevista. Viste ropa casual: una camisa celeste y un pantalón plomo. Lleva una gorra para protegerse del poderoso sol en esta mañana huachana.

-¿Tu eres estudiante de medicina?- me pregunta, mientras tomamos asiento. Y es que las universidades de Lima y provincias envían a sus alumnos a investigar sobre las hierbas mágicas que usan los curanderos para sanar a sus pacientes. Muchos estudiantes vienen a buscar a Manuel, porque saben que es confiable y no se guarda ningún secreto con sus pociones.

-Si es para ayudar a curar gente, en buena hora.

Manuel no es huachano, él nació la provincia de Salas, en Lambayeque; pero vive en la ciudad de Huacho desde los 17 años. Cuenta que su padre y su abuelo eran también curanderos; y ellos fueron los primeros que lo educaron por ese misterioso camino.

-Hay tres tipos de enfermedades. Las que son para doctor, las que son para curandero y las que no tienen cura. Las que son para doctor son causadas naturalmente, por lo que una buena pastilla o inyección puede ser suficiente. Sin embrago, si son para curandero; quiere decir que han sido provocadas por un brujo, y por más medicina que tome, en lugar de sanarlo, ésta lo hará empeorar. La única forma de curar al paciente es pasándole el cuy, haciendo una mesada y dándole de beber mis remedios hechos a base de hierbas.

La pasada de cuy es una ceremonia muy conocida entre los habitantes de Huacho. Colocan al enfermo en una silla y le rezan para encomendarlo a dios, luego traen un cuy de color entero y lo pasan alrededor de todo el cuerpo del paciente. Finalmente, cortan transversalmente al roedor, dejando al descubierto sus órganos internos. Examinando el interior del cuy, el curandero puede entender de qué se trata la enfermedad y cuál es su causa.

-Pero el cuy no cura, sólo sirve para ver qué tiene. Así como los doctores toman radiografías, ecografías, etc. nosotros pasamos el cuy y con eso sabemos qué es lo que está pasando. –dice Manuel, orgulloso- Para curarlo es necesario hacer una mesada. Nos reunimos a medianoche con el enfermo y sus familiares, y rezamos durantes dos o tres horas por su sanación. Luego le doy de beber unos brebajes naturales, y con eso suele ser suficiente.

En las mesadas, los curanderos visten de manera especial: un gran poncho que puede ser blanco o negro y un sombrero, así como pantalón y zapatos negros suelen completar el vestuario.

-¿Y tú también puedes hacer hechizos de brujo?

-No. Una persona sólo puede hacer el bien o el mal, no ambos. Los brujos hacen un pacto de sangre y alma con el diablo para poder tener sus habilidades, y es por eso que hacer el daño no es tan complicado como curarte de él. Para ellos, basta con maldecirte para hacerte el mal.

El tono de Manuel se vuelve grave y serio. Frunce el seño, me mira a los ojos. No es fácil hablar del demonio en un pueblo con creencias tan arraigadas como Huacho.

-Los brujos viven en lugares muy apartados de la gente – mientras me explica, recuerdo el camino para llegar donde Pocho- y dentro de sus casas no tienen muebles, sólo una pequeña mesa en donde hacen sus conjuros.

-¿Conoces a los brujos y curanderos de Luriama?

-Sí, claro. Los de la campiña no hacen nada como curanderos; pero como brujos, mis respetos. Pero los de ahora ya no son como los de antes. Ahora los brujos cobran, piden dinero, engañan. Ven la brujería como un negocio muy rentable.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

A Huacho me fui IV


Los verdaderos brujos son difíciles de entrevistar. Prueba de ello fue mi intento fallido con Pocho. Sin embargo, y luego de una persecución casi acosadora de mi parte, pactamos una reunión en su casa en Luriama, aunque esta vez a las tres de la tarde.

En la puerta y en las ventanas de la casa de Pocho hay figuras de cabezas de cóndores hechas de metal. Dentro de la casa también hay adornos de metal y madera con formas de animales: aves, felinos y serpientes se confunden en las frías y rojas paredes de la antesala. Una decena de sillas está colocada en el perímetro de esta, y conforman la totalidad de muebles en el lugar.

Si pensaban que los brujos huachanos tienen parecido con los hechiceros más famosos, como el viejo Merlín, la bruja de Hansel y Gretel, o el moderno Harry Potter, pues están terriblemente equivocados. No usan sombreros con estrellas ni varitas mágicas, no tienen barbas largas ni cicatrices en la frente, tampoco vuelan en escobas y, por supuesto, no tienen una calabaza en el jardín de su casa.

Pocho es un señor de aproximadamente cuarenta años, baja estatura, tiene piel oscura y cabello negro y lacio, no viste ropa llamativa ni porta ningún objeto delatador. Si me lo cruzara en la calle, jamás pensaría que se trata de uno de los brujos más conocidos de Huacho.

Me siento en una de las sillas de la antesala, porque en estos momentos está atendiendo a una señora que evita dejarse ver. Espero cerca de diez minutos, hasta que la señora por fin sale y Pocho me hace pasar a la sala. En esta estancia tampoco hay muebles, sólo una mesa mediana y un par de sillas junto a ella. Un fuerte olor a hierbas irradia todo el lugar.

-Mira, joven –me dice Pocho, en tono serio- yo te puedo hablar de costumbres, cultura, comida e historia de Huacho. Pero de brujería y curanderismo, no puedo hablar.

Ese ‘no puedo’ llama poderosamente mi atención, ¿no quiere hablar de eso, o no puede por algún compromiso o pacto en el cual se le prohíbe revelar los secretos de su trabajo? Intento llevar sutilmente la conversación hacia el tema que quiero tratar.

No es una mesa común la que está frente a nosotros. Está cubierta por un mantel blanco con figuras de cruces y motivos religiosos, encima del mantel hay pomos de perfumes, botellas con líquidos extraños, velas de color rojo y un cuadro grande con la figura de Jesucristo. También hay una baraja de extrañas cartas, que están todas volteadas. Mi mirada se pierde entre todos estos detalles, mientras consigo que Pocho hable del tema hasta hace poco prohibido.

-Dos fuerzas dominan este mundo –dice, mientras me mira fijamente a los ojos- las del bien, que están con dios; y las del mal, con el diablo. Todo en el universo está dividido de esa manera: dos piernas, dos brazos, dos ojos, macho y hembra, negro y blanco, belleza y fealdad, verdad y falsedad, encendido y apagado. Si tu corazón está encendido, vives; si está apagado ¡pues mueres! –enfatiza, cerrando el puño a la altura de su pecho.

Asiento con la cabeza, al mismo momento que me pregunto de qué lado estará él. Pocho continúa su discurso:

-Hay personas que logran controlar alguna de estas dos fuerzas, que pueden ser usadas tanto para curar como para hacer daño. Si usas las fuerzas de dios, sanas enfermedades, ayudas a obtener éxito en los negocios y a tener suerte en el amor. Si usas las del demonio…-se detiene un momento, y sonríe, burlón- puedes, por ejemplo, hacer enfermar tanto a una persona, que ninguna medicina, por más moderna que sea, es efectiva. Poco a poco va perdiendo peso, ánimo y ganas de vivir. Las medicinas no funcionan, el tiempo pasa, la desesperación aumenta. Hasta que finalmente se da por vencido.

-¿Y no hay forma de que se cure?

-Sólo un curandero puede salvarle la vida. Los curanderos son los únicos capaces de revertir el efecto del daño producido por un brujo.

A Huacho me fui III

“En la década de 1950, vivió en Huacho el brujo más famoso y temido de todos los tiempos: Don José Yancunta.”, me comenta Julio Solórzano, mientras tomamos un café en un restaurante cercano al Terminal de autobuses. No hay muchas personas por aquí, solo una pareja en una mesa al fondo y una familia que acaba de sentarse en la mesa de al lado.

Solórzano es presidente de la sociedad de poetas y narradores de la región Lima provincias e investigador de curanderismo y brujería. Ha conocido –y conoce- a muchos de los brujos más respetados de Huacho, y es, probablemente, una de las personas que más sabe sobre el mítico Yancunta. Incluso, tiene un blog en el cual publica periódicamente sus investigaciones. Para él –a diferencia de los pobladores comunes- no es problema hablar del brujo más representativo de Huacho:

“Vivió en el barrio de Luriama, era trigueño, de baja estatura y ciego, andaba siempre en un caballo blanco y era muy asiduo a las peleas de gallos. Cuentan que cuando iba a una pelea, Yancunta pedía hacer cantar a las aves y elegía al que tenía el mejor canto, ya que este correspondía al mejor luchador. Yancunta siempre ganaba en las apuestas, y hacía enfurecer a los organizadores.”

Las personas que están en el restaurante se muestran nerviosas al escuchar nuestra conversación, y la pareja se retira. Julio continúa, entusiasmado: “Sin embargo, son muchas las fantasías que se hablan sobre Yancunta: que se convertía en animales, que desaparecía, etc. Esos son solo inventos que se cuentan para aumentar la popularidad del brujo, nada de ello es cierto.”

“En el distrito de Hualmay, vivía uno de los brujos más conocidos y poderosos de la época: Canebo. Él era el líder de los brujos de Hualmay, y aseguraba ser mejor que cualquiera de Luriama. Yancunta no se quedó atrás, y pactó un encuentro, un duelo mágico a solas contra Canebo.”

La emoción con la que Julio Solórzano cuenta la historia hace que la familia que se sienta en la mesa de al lado se empiece a inquietar. “Una noche se fueron al campo, lejos de la ciudad. Se internaron en la campiña, donde nadie podía verlos. Allí tuvo lugar el reto.”

“Nadie sabe lo que allí pasó, lo único que sé es que Yancunta volvió del encuentro ciego. Canebo nunca regresó.” El relato se ve interrumpido por el súbito llanto de la niña, quien grita desconsoladamente que tiene miedo y que se quiere ir.

Lo padres, al ver que sus intentos por detener el llanto de su hija no son fructíferos, deciden retirarse del lugar mirándonos con cara de pocos amigos.

Miro alrededor y noto que no hay nadie más aparte de nosotros en el restaurante. Los únicos sonidos que escucho son los de nuestras voces hablando sobre brujos. Una sensación parecida a la de la otra noche en la campiña me invade de nuevo.

-¿Qué diferencia hay entre los brujos de la época de Yancunta y los actuales? –le pregunto.

-Los brujos han cambiado mucho desde entonces, ahora sólo se dedican a hacer negocio, buscan beneficios económicos, parece que se hubiera perdido la esencia de lo que significa ser brujo. Los de antes lo hacían por pasión, por diversión; hoy, por dinero.

martes, 4 de diciembre de 2007

A Huacho me fui II

La campiña de Luriama puede llegar a ser un lugar divertido durante el día: mucha gente, sol, bosque, comida, viento, naturaleza. Es decir, el lugar ideal para pasar un día de campo con la familia. Sin embargo, este apacible y relajante lugar se transforma en horas de la noche, y adquiere un aspecto más bien sombrío, silencioso y solitario.

Son las diez de la noche y voy en busca de Pocho[1], un conocido curandero que vive en Luriama. Para llegar a la entrada que lleva a la casa de Pocho, es necesario tomar la autopista y alejarse algunos kilómetros de la ciudad de Huacho.

La carretera nos deja en la entrada a la campiña. Frente a mí, una trocha iluminada solamente por unos cuantos tímidos postes de alumbrado público se abre paso entre los arbustos y árboles cercanos a las tierras de cultivo. La oscuridad, el silencio y el frío de la noche parecen cubrirlo todo a mi alrededor. No diviso una sola persona, y las pocas casas construidas a ambos lados del camino, tienen todas sus luces apagadas.

Voy caminando con unos guías, habitantes de Luriama. El sonido de nuestras pisadas en la tierra y nuestras voces logran romper el silencio sepulcral que domina el lugar. De pronto, se escuchan sonidos de animales que parecen estar escondidos detrás de los arbustos, asustados, o quizá enfurecidos por culpa del ruido que provocamos.

Me acuerdo de Jonathan Harker, el personaje de la novela Drácula, perdido en medio de un paisaje tenebroso, llevado por un camino abrupto que tiene como destino el castillo del temible conde Drácula. En la novela de Bram Stoker, Harker es un inglés indiferente a supersticiones y leyendas, y que envalentonado por su incredulidad, se deja llevar hasta el peligroso castillo, en donde vive las más terroríficas aventuras.

-Debemos doblar a la izquierda –me dice mi guía, en un punto en donde el camina quiebra, dejando al frente un gran descampado en donde no habían ni casas, ni tierras para cultivar, ni arbustos, ni ningún rastro de vida. Un terreno completamente muerto.

-¿Por qué está vacío? –pregunto, absorbido por mi curiosidad.

-Es un cementerio –responde tranquilamente, no le sorprende mi inquietud- es el antiguo cementerio de la campiña, el nuevo está más adelante.

-Ah, es el antiguo cementerio –balbuceo mientras siento que un frío intenso recorre mi espina dorsal –eso quiere decir que…

-No. Los cuerpos siguen enterrados aquí.

Tras caminar quince minutos, llegamos a la casa de Pocho. Sale a nuestro encuentro un joven de menos de veinte años, quien alegremente nos dice que Pocho no está, se ha ido a los gallos.

En Huacho, así como en las ciudades aledañas, las peleas de gallos congregan a cientos de personas, que acostumbran apostar dinero al gallo de su preferencia. Así que volvemos a la ciudad, en busca del coliseo donde usualmente se presentan las peleas de gallos.

Sin embargo, el estadio se encuentra cerrado, vacío y con las luces apagadas. Hoy no hay peleas, tendré que buscar a Pocho en otro momento.


[1] Nombre cambiado para efectos de esta crónica.

A Huacho me fui I


Siempre que se descubre un asesinato extraño, un crimen sin motivo aparente o una muerte inexplicable en Huacho, la primera teoría que esbozan los periodistas es que pueda tener que ver con el misterioso mundo de los brujos huachanos. De hecho, los lugares en donde ocurren estos macabros sucesos son usualmente casonas antiguas, ranchos apartados de la ciudad, o cabañas escondidas en medio de la maleza, por lo que la explicación sobrenatural aparece antes –y más fácil- que una investigación empírica.

Lo cierto es que en el imaginario de la gente, Huacho ocupa un lugar indiscutible como cuna de la brujería, curanderismo y demás creencias mágicas. Y tiene razones para que esto sea así, ya que desde hace decenas de años, muchas personas vienen a Huacho para que los curen de algún mal que la ciencia no puede sanar, para que les vaya bien en los negocios, o para tener mejor suerte en el amor. Y cuentan que les fue bien.

Vienen desde Lima, Lambayeque, Piura y algunas ciudades de la sierra peruana, en busca de los famosos y misteriosos brujos de Huacho, protagonistas de extraordinarias historias que, quiéranlo o no, han colaborado con la popularidad de la ciudad.

Hoy es diez de noviembre, y la ciudad entera celebra el aniversario número 133 de la fundación de Huacho. Llego cerca del mediodía a la plaza principal y se está llevando a cabo un desfile cívico-militar en el que participan pobladores, estudiantes, y las autoridades más importantes de la ciudad. Hay mucha gente congregada aquí, y muchos avisos publicitando conciertos, fiestas, concursos de belleza y demás celebraciones por el aniversario.

“Aquí sí que sabemos celebrar, hemos estado de fiesta toda la semana”, me dice doña Rocío, la hospitalaria y sonriente dueña de la fuente de soda donde desayuno yogurt y pan con salchicha . Dicen que la salchicha huachana es la mejor y que si uno viene y no se come una salchicha, pues no vale la pena haber venido. La comida de Huacho es casi tan conocida como sus brujos, sólo que a la gente no le gusta hablar mucho de ellos, como me daría cuenta más adelante.

-Pero no he venido a buscar comida -le cuento a Rocío.

-Entonces, ¿qué busca?

-A los brujos –respondo. La amigable sonrisa de Rocío se va perdiendo, y su rostro adquiere un tono severo y desconfiado- he escuchado que hay muchos por aquí.

Le comento que estoy trabajando en una crónica y que busco información sobre ellos. Poco a poco, va perdiendo la desconfianza, recupera -aunque a medias- su sonrisa y empieza a contarme que es cierto que muchos de los mejores brujos han vivido y viven en Huacho, que es muy fácil encontrarlos y que tengo que tener cuidado con los charlatanes.

-Los charlatanes son esos que dicen que saben de brujería y curanderismo, pero en realidad no son nada de eso. Solo engañan a la gente y les piden su dinero.

La diferencia entre un curandero y un brujo es que el primero se encarga, entre otras cosas, de sanar enfermedades con hierbas o jarabes, leer las cartas, ‘pasar el cuy’, etc; mientras el segundo es quien ‘hace el daño’, es decir, provoca algún mal en la persona, sea de salud, económico o sentimental. El daño que hace un brujo, según me dicen, puede llevar a una persona incluso a la muerte.

Todos en Huacho conocen de la existencia de curanderos, brujos y por supuesto, charlatanes. También saben que si estás buscando brujos, puedes encontrar a los mejores en la campiña de Luriama. Se trata un poblado que queda a pocos kilómetros de la ciudad de Huacho, popular por su comida y por ser un lugar de esparcimiento imperdible para el turismo. Lo que los huachanos no cuentan a los turistas es que Luriama es también hogar de los brujos más temidos.

Rocío me avisa que a los verdaderos brujos no les gusta dar entrevistas, son muy desconfiados y huraños con los desconocidos. “Es muy difícil que puedas obtener algo de ellos”, me advierte. “Y debes tener cuidado, he escuchado que hacen pactos con el diablo. Yo no me meto con los brujos de la campiña, para ellos ¡mis respetos!”.