Bajo del micro en el cruce de las avenidas Universitaria y La Marina. Noto la enorme cantidad de avisos publicitarios que me rodean: telefonía móvil, electrodomésticos comida, cine, gimnasios y muchos negocios más. Los publicistas saben de la cantidad y tipo de gente asidua a este centro comercial, y aprovechan para bombardearlos lo más que pueden.
Empiezo a caminar y recuerdo cómo de niño venía a caminar con mi familia. La Plaza tenía casi el mismo tamaño, aunque menos personas, menos negocios y ningún edificio de más de dos pisos. Era pues, un lugar tranquilo para caminar, relajarse y pasar un día en familia.
Ahora es casi imposible caminar despacio por aquí. Se tiene que caminar a la misma velocidad del resto de personas (que usualmente están apuradas, quién sabe por qué razones) si no se quiere terminar golpeado, pateado o pisoteado.
La cantidad creciente de negocios es proporcional a la cantidad de personas (consumidores). Mientras más tipos de negocios son creados, más personas van a comprar; y viceversa. Esto hace que en este momento se están construyendo nuevas tiendas, y quitando espacio para transitar a pie.
En casi todas las esquinas encuentro cajeros automático (los bancos ya pasaron de moda, sólo hay uno). Y dentro de cada tienda encuentro simpáticas señoritas, que una sonrisa me invitan a tener una tarjeta de crédito.
¿Sociedad de la vigilancia? Es un alivio saber que no vine en carro, sino tendrían un registro que incluiría, además de la matrícula de mi auto, cuantas veces voy al centro comercial, qué días voy, a qué hora, cuanto tiempo estoy, etc.
Felizmente no tengo ni tarjeta ni auto, no estoy vigilado, me siento libre…hasta que mi instinto me hace levantar la mirada y veo las cámaras de vigilancia, moviéndose de un lado a otro mientras graban cada segundo de mi cara de desilusión.
Tiendas de ropa se confunden con restaurantes, puestos de venta de discos compactos, shows infantiles y un cine en el cual se tienen que hacer colas inmensas para poder ver alguna película made in Hollywood.
La plaza San Miguel es ahora un lugar para dejarse atrapar por ese movimiento vertiginoso que implica “2x1”, “% de descuento”, “pague con su tarjeta…”, “afíliese a…”, y que te invita a comprar todo lo que puedas en el menor tiempo posible, antes de que se termine la promoción, el descuento o el fin de semana.
Del tranquilo y relajante paseo familiar no queda (casi) nada. Hacia el final de mi recorrido extraño la Plaza San Miguel de mis recuerdos, mientras hojeo la revista que me acabo de comprar, saboreo un café humeante –muy bueno contra el frío- y me prometo que vendré al cine el próximo fin de semana.