Existen ciertas personas en las que se puede percibir un aura distinta, una especie de energía envolvente que hace notar que estás frente a un poder sobrenatural, una magia oculta tras un velo de misterio que intenta encubrir quién sabe qué increíbles hazañas y que, por lo mismo, prefieren quedarse así, ocultas, para no causar mayor revuelo entre los curiosos.
Este es el caso de una persona que sobrepasó los límites de la imaginación humana para consagrarse como un mito, un ídolo del cual se sabe pero nunca se habla, por temor a convocar nuevamente su destructivo –y sediento –poder. Esta es la leyenda del “Chelero”.
Todo comenzó al inicio del Ciclo 2004-1. Miles de estudiantes recién salidos del colegio se preparaban para iniciar sus tareas en la universidad. Estas labores incluían- entre otras cosas menos importantes, como las clases -las famosas “cachimbadas”, concursos que se realizan entre los diferentes salones (desde partidos de fútbol hasta el infaltable y muy concurrido bailetón) con el fin de acumular la mayor puntaje para obtener el premio mayor: 40 cajas de cerveza para el salón ganador.
Cachimbos y cachimbas daban lo mejor de sí en cada prueba, todos querían el primer lugar y estaban dispuestos todo lo humanamente posible para alcanzarlo. Apretados marcadores en los deportes e interminables horas de baile así lo demostraban.
Sin embargo, en las cachimbadas un juego es definitivo, no tanto en el puntaje pero sí con respecto a la moral de los participantes: El Vikingo. Consiste en que cuatro representantes de un salón deben beber una caja de cervezas (12 botellas) en menos de 3 minutos. Pero no es la botella normal de 750ml, sino la gigantesca y demoledora de 1.100L, capaz de dejar en KO al más experimentado bebedor, si no tiene cuidado al tomarla.
Una botella de esas marea sin problemas al ingenuo que ose tomarla a esa velocidad. Dos emborrachan al envalentonado en castigo por su premura. Sólo los estómagos más fuertes y mejor entrenados sobreviven a la descarga de tres botellas de 1.100L en menos de tres minutos. Aún así, son muy pocos los cachimbos que viven para contar la proeza.
Esto lo sabían todos los estudiantes, participar en un evento así era estar dispuesto a morir alcoholizado, por ello, muchos salones se abstuvieron, dada la peligrosidad del asunto. Es también por estas razones que el equipo vencedor era considerado el representante del salón que más merecía las 40 cajas de cerveza, debido a su indiscutible calidad de bebedores.
Al llegar el día pactado, sólo tres equipos habían aceptado el reto, y en mi salón faltaba un valiente más para completar la representación. Mientras los delegados se desesperaban corriendo de un lado a otro en busca del cuarto jugador, apareció casi de la nada un joven regordete y sonriente, quien, casi sin pensarlo firmó la ficha de inscripción y se apresuró a ocupar el lugar que le correspondía, al lado de sus tres temerosos compañeros, quienes parecían arrepentidos de su decisión.
No hay duda de que nos sorprendió su absoluta tranquilidad y su casi inconsciencia del peligro que se cernía sobre él en ese momento. Sin embargo, lo que nos dejó boquiabiertos es lo que hizo a continuación.
Cientos de estudiantes se encontraban apostados en los alrededores de la “rotonda”, lugar donde se llevaba a cabo el evento, gritando y ovacionando a los concursantes. Los cuatro equipos frente a sus sendas cajas de inmensas botellas de cerveza se preparaban psicológicamente- o rezaban, dependiendo del caso- para el lance final. El cronómetro estaba listo para contar los tres minutos más largos de sus existencias, y un ensordecedor pitazo dio inicio a la competencia.
Los bebedores hacían lo mejor que podían, los espectadores alentaban sin cesar a sus salones, cientos de curiosos se acercaban a ver qué es lo que sucedía, botellas iban y venían, caían los primeros débiles ante la embestida de las dos primeras botellas, y sólo dos de los cuatro equipos aún quedaban en pie luego de pasados los dos primeros minutos. Uno de ellos era el de mi salón, con su guerrero ignoto, que tomaba a una velocidad superior a la de todos los demás, y que no parecía en lo absoluto afectado por los litros de cerveza tan velozmente ingeridos.
Casi al final del tiempo estimado, un participante de nuestro equipo cayó de bruces al suelo y no pudo continuar más. La derrota era inminente, quedaban menos de 20 segundos y era imposible que se reincorpore y termine su ración. Sin embargo, ocurrió lo impensable.
Nuestro regordete y sonriente amigo resultó ser todo un Vikingo contemporáneo y, acabada su tercera botella, asió la de su moribundo compañero y la secó en menos de un abrir y cerrar de ojos, ante el estupor del público, la incredulidad de los demás salones y, por supuesto, la alegría del nuestro.
Un silencio espectral se apoderó de la rotonda acabado el concurso, y Joe –así se llamaba el vikingo- se puso de pie y caminó lentamente entre la multitud hasta desaparecer tras los pabellones de la facultad. Lo que más llamaba la atención fue su sobrio andar, como si no hubiera bebido una sola gota de alcohol. Era como haberse pasado toda una vida esperando un momento como éste para dar a conocer su inverosímil poder.
Así, Joe dejó de ser conocido por su nombre y se convirtió en “El Chelero”, héroe y leyenda, admirado y respetado por las nuevas generaciones de cachimbos, que oyen y no pueden creer que haya existido una persona con tal capacidad para tomar cerveza.
Joe no participó nunca más en ninguna competencia similar, por más que se lo rogaban, y hace poco declaró haber decidido volverse abstemio, aunque todos los estudiantes de esa promoción anhelamos con entusiasmo poder ver de nuevo al espectacular “Chelero” realizando hazañas gracias a ese don sobrehumano del que solo él es poseedor: El don de tomar cantidades colosales de cerveza, y nunca embriagarse.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario