No entiendo cómo es que un corazón puede resistir tantos embates, estocadas y golpizas. Solo hay una forma de que ese corazón pueda soportar tanto sufrimiento, y es que esté enamorado. Y que como amante ciego y apasionado, no haga caso al sufrimiento y siga adelante, fiel, decidido a seguir a la amada, cualquiera que fuese el resultado del lance.
Es que lo cautivó su perfecta redondez, su grácil andar sobre el verde suelo, su capacidad para transformarse de una dócil paloma a una feroz tigresa en menos de un segundo, pero sobre todo, esa increíble habilidad para despertar los más profundos sentimientos escondidos en la oscuridad del alma humana.
Sin embargo, el precio que hay que pagar para seguir amándola es muy alto, y más aún cuando se elige a once envalentonados guerreros, capaces de golear y humillar a una potencia sudamericana, pero que unos días después son vencidos por uno de los equipos más débiles del torneo.
Esta es la historia de un (des)amor platónico, ilusionado y, lo peor -o lo mejor- de todo, insensato. El romance de una graciosa selección con una aún más graciosa legión de hinchas, admiradores y seguidores ingenuos que añoran con algún día celebrar y disfrutar del exquisito y onírico sabor de un gol peruano. Me incluyo.
No había razón alguna como para emocionarme con la actuación de Perú en esta Copa América en Venezuela. No se jugaba bien, no se anotaban goles ni siquiera en los partidos de práctica, la defensa era bochornosa y el técnico no me cae bien. Además, era imposible –masoquista- ilusionarse con el equipo que quedó noveno de diez participantes en la última eliminatoria para el Mundial. Era racionalmente inconcebible ilusionarse con un equipo así. Desgraciadamente, el amor, hasta yo tengo entendido, es irracional.
Como lo temí (y al mismo tiempo lo deseaba desde el fondo de mi alma), bastó una pequeña chispa para iniciar el siniestro. Perú –increíblemente- jugaba mejor que Uruguay, atacaba, tenía oportunidades de anotar, y la victoria no parecía tan irreal. Bastó el primer gol para que todo ese escepticismo, resentimiento y apatía con respecto a la selección desaparecieran mágicamente, y me vuelva a ilusionar con aquella que tantas veces me había hecho volver a la realidad de la peor de las formas: por goleada. Pero ninguno de esos recuerdos (que son muchos) se volcó a mi mente en ese momento, no había tiempo, porque rápidamente Perú encajó el segundo gol.
El partido terminó 3-0 y en ese momento fui feliz. Nada de penúltimos puestos, nada de entrenadores antipáticos ni de defensas vergonzosas. Perú había ganado. Punto. No había más que pensar en el siguiente rival: Venezuela. Recordé que los comentaristas deportivos le llamaban –entre risas- “
Perdimos 2-0 contra “

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