martes, 29 de mayo de 2007

Siempre y cuando no pongan reggaeton

Han pasado varios años desde que empezó a sonar en las radios limeñas una cancioncita muy pegajosa para muchos-muy odiosa para otros-, cantada por un hasta entonces desconocido puertorriqueño que se hacía llamar “Daddy Yankee”. Nunca entendí bien lo que decía la letra, ni qué tipo de música era esa, pero al poco tiempo no había discoteca en Lima en donde no sonara “La Gasolina”, nombre de la susodicha canción.

Luego descubrí que ese estilo musical tenía nombre propio: “Reggaeton”, y que ya tenía tiempo haciendo bailar a miles de jóvenes en nuestra capital; pero se escuchaba y bailaba únicamente en fiestas para escolares, aún no había salido al aire en ninguna radio, y nadie tarareaba esas canciones mientras caminaba por la calle. Tras la aparición de Yankee y su Gasolina, el Reggaetón escapó de las penumbras y alzó vuelo.

Poco tiempo después, un huayco de “reggaetoneros” arrasó –literalmente- con la ciudad. Miles y miles de estudiantes escolares y universitarios se volcaron de forma masiva a conocidas discotecas del centro de Lima, como “Calle 8” y “Los Botes”, que hasta hoy siguen siendo las más solicitadas. El fenómeno Reggaetón el Lima se había desatado y no había quién lo pare.

Muchos atribuyen el éxito del Reggaetón al dinamismo de sus melodías, o a sus letras simples y directas; pero la verdad acerca del auge de este estilo de música tiene que ver más con la forma que con el fondo. Con la forma de bailarlo. Y es que su baile es tan voluptuoso que hasta tiene un nombre científico zoológico: Perreo.

El perreo consiste en acercarse lo más que se puede a la pareja de baile, y hacer unos movimientos pélvicos alrededor de ella, movimientos que, desde mi punto de vista, son mucho más agradables con otro tipo de música, sin gente y en posición horizontal.
Es decir, todo el proceso de la seducción reducido a un baile grotesco, incómodo, y lo que es peor, público. La sensualidad en el sentido más burdo de la palabra.

Temblaron los padres al ver a sus hijas bailando, se escandalizaron las madres al ver a sus hijos aferrados a sus parejas, se indignaron los conservadores y se avergonzaron los liberales. “Algún día teníamos que llegar a esto” dijo Joaquín Sabina en una entrevista con Jaime Bayly; y en parte es cierto; el baile, concebido como un rito de coquetería en parejas (y no hablo solamente del perreo, sino también de bailes más tradicionales como el tango o la marinera), apunta siempre a las zonas más tórridas del cuerpo humano, y corre el riesgo de degenerar (de hecho, últimamente han aparecido algunos híbridos abominables con nombres terroríficos tales como "Perreo-Chacalonero", entre otros).

Personalmente, no soy muy asiduo de los actos públicos, además soy demasiado torpe como para poder articular dos pasos de baile seguidos (así sea del baile más fácil); por lo tanto, me es preferible hacer uso de mi derecho constitucional a quedarme sentado -tomando, eventualmente- en una fiesta, sin molestar a nadie. Siempre y cuando no pongan reggaeton.

2 comentarios:

Fale dijo...

comparto totalmente

juan dijo...

aunque se que muchos me matarian por decir esto es la verdad el reggaeton nos invade