Luego descubrí que ese estilo musical tenía nombre propio: “Reggaeton”, y que ya tenía tiempo haciendo bailar a miles de jóvenes en nuestra capital; pero se escuchaba y bailaba únicamente en fiestas para escolares, aún no había salido al aire en ninguna radio, y nadie tarareaba esas canciones mientras caminaba por la calle. Tras la aparición de Yankee y su Gasolina, el Reggaetón escapó de las penumbras y alzó vuelo.
Poco tiempo después, un huayco de “reggaetoneros” arrasó –literalmente- con la ciudad. Miles y miles de estudiantes escolares y universitarios se volcaron de forma masiva a conocidas discotecas del centro de Lima, como “Calle 8” y “Los Botes”, que hasta hoy siguen siendo las más solicitadas. El fenómeno Reggaetón el Lima se había desatado y no había quién lo pare.
Muchos atribuyen el éxito del Reggaetón al dinamismo de sus melodías, o a sus letras simples y directas; pero la verdad acerca del auge de este estilo de música tiene que ver más con la forma que con el fondo. Con la forma de bailarlo. Y es que su baile es tan voluptuoso que hasta tiene un nombre científico zoológico: Perreo.
El perreo consiste en acercarse lo más que se puede a la pareja de baile, y hacer unos movimientos pélvicos alrededor de ella, movimientos que, desde mi punto de vista, son mucho más agradables con otro tipo de música, sin gente y en posición horizontal.
Es decir, todo el proceso de la seducción reducido a un baile grotesco, incómodo, y lo que es peor, público. La sensualidad en el sentido más burdo de la palabra.
Temblaron los padres al ver a sus hijas bailando, se escandalizaron las madres al ver a sus hijos aferrados a sus parejas, se indignaron los conservadores y se avergonzaron los liberales. “Algún día teníamos que llegar a esto” dijo Joaquín Sabina en una entrevista con Jaime Bayly; y en parte es cierto; el baile, concebido como un rito de coquetería en parejas (y no hablo solamente del perreo, sino también de bailes más tradicionales como el tango o la marinera), apunta siempre a las zonas más tórridas del cuerpo humano, y corre el riesgo de degenerar (de hecho, últimamente han aparecido algunos híbridos abominables con nombres terroríficos tales como "Perreo-Chacalonero", entre otros).
Personalmente, no soy muy asiduo de los actos públicos, además soy demasiado torpe como para poder articular dos pasos de baile seguidos (así sea del baile más fácil); por lo tanto, me es preferible hacer uso de mi derecho constitucional a quedarme sentado -tomando, eventualmente- en una fiesta, sin molestar a nadie. Siempre y cuando no pongan reggaeton.

2 comentarios:
comparto totalmente
aunque se que muchos me matarian por decir esto es la verdad el reggaeton nos invade
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