"Semana Santa es un tiempo de recogimiento, de reflexión, de recordar y arrepentirnos por todos nuestros pecados, nuestros malos actos; para que nos sean perdonados."Esto es más o menos lo primero que escuchamos cuando de niños, con toda nuestra inocencia infantil, preguntamos a algún mayor sobre el significado de la "Semana Santa". También nos hablan de Jesús, de la última cena, de las siete iglesias y de las siete comidas (sobre esto último no estoy seguro, porque mi abuela es la única persona que conoce y practica esta tradición).
Pero pongámonos la mano al pecho (y la otra al bolsillo derecho, para que no nos bolsiqueen mientras hacemos nuestro recorrido por las iglesias del centro de Lima) y digamos la verdad sobre qué es lo primero que pensamos cuando escuchamos las palabras "Semana Santa".
Para muchos es un fin de semana largo, sin estudios ni trabajo, descansar sin parar durante cuatro largos días, esperando que duren mucho más de 24 horas (en especial el Domingo, un día antes de retomar nuestras tareas). Hay otros que prefieren viajar a conocer el país y hacer un poco de turismo (cosa que para mí nunca es posible, porque los precios de pasajes, estadía y comida se disparan durante estas fechas, y mi agujereado bolsillo no da para tanto).
Estas son solo versiones calmadas de las cosas, porque si abrimos bien los ojos nos damos cuenta de que hay formas un poco más desenfrenadas de vivir la semana santa (y empezamos a darnos cuenta de por qué es esta semana tan "Santa"), y empiezan a aparecer las noches de camping ("campamento" en español y "campamonto" en peruano, según tengo referencia) y las fiestas inacabables desde el jueves en la noche hasta el domingo en la madrugada (el resto del día es para descansar de la resaca, dícese "Domingo de Resurrección").
Ahora, si seguimos nuestras antiguas costumbres, tendremos que salir a caminar por las calles de nuestra gran Lima en busca de nuestras siete iglesias; pero hay que tener mucho cuidado, si es que no queremos ser abordados por algunos de esos ladronzuelos que pululan en el centro de la ciudad desde tiempos inmemoriales.
Entonces ¿en que quedamos? de la antigua semana santa, la de nuestros abuelos, la del tiempo de paz y recogimiento no queda (casi) nada; y ahora lo que nos queda es un fin de semana "santo" (es decir, intocable), esperado ansiosamente por muchas personas para vivirlo como uno quiera.
En mi caso, me echaré y descansaré en mi sofá, viendo por enésima vez la misma película sobre la vida del Jesús rubio y de ojos azules que veo todos los años; y clamaré al cielo para que algún día vuelva la televisión por cable a mi tan necesitado hogar. Amén.
