domingo, 16 de diciembre de 2007

Baje con pie derecho

Combi: Dícese del medio de transporte netamente peruano en el cual la gente tiene el mismo rango de consideración que una sardina enlatada y donde se puede comprobar una realidad que desafía las más básicas leyes espaciales: al fondo SIEMPRE hay sitio.

Para atreverse a tomar una combi se necesita tener las agallas suficientes como para aguantar pisotones, empellones, insultos y sacudidas; pero en una ciudad como Lima, las personas que padecemos este suplicio hemos aprendido a tomarlo de la forma más divertida posible.

No hay por qué renegar cuando un cobrador no te quiere cobrar el medio pasaje –que, con suerte, llega a ser 70 céntimos, cuando debería ser 50- y te hace problema en el carro. Lo que se debe hacer en esos casos es, antes de que venga el cobrador, sacar el boleto del día anterior, mostrárselo y poner la cara más furiosa que se pueda adoptar, mientras le dices de la forma más fresca posible: “¡Ya te pagué!”. Claro que si el cobrador advierte el engaño, la forma más efectiva de esquivar la inminente pateadura es saltando por la ventana más cercana.

Pero también hay oportunidades para los que hacen viajes largos y no gustan de aventuras tan riesgosas. Hacerse el dormido durante dos horas, y “despertarse” justo cuando se llega a la calle deseada puede aturdir al cobrador, lo que permitirá pagar, en el peor de los casos, una china –unidad de valor que en oídos de un cobrador es un insulto; y en los de un pasajero, una bendición del cielo- , siempre y cuando los argumentos emitidos sean lo suficientemente creíbles: “acabo de subir hace un par de cuadras”, “vengo de acá nomás, de la Bolívar”, “ya me pasé, por tu culpa ¿y encima me quieres cobrar?”.

Para los amantes de la velocidad y la adrenalina, esos a los que la montaña rusa del Play Land Park no les produce más que una sacudida minúscula; la opción perfecta es instalarse cómodamente en el asiento al costado del conductor, cerrar bien la puerta y colocarse el inservible cinturón de seguridad.

Entonces se estará listo para practicar el deporte de aventura más peligroso del mundo: Recorrer la avenida Arequipa a bordo de un transporte manejado por un conductor obsesivo de la velocidad, los piques y el intenso placer que supone poner en peligro la vida de pasajeros y peatones.

El deporte también incluye la mágica emoción de ir esquivando transeúntes, perros, autos y demás baches que se interpongan en el camino; mientras la combi se mueve zigzagueante, produciendo mareos, dolores de cabeza y náuseas. Todo ello al módico precio de un nuevo sol.

Muchos se quejan de que Lima no tenga un metro, pero lo cierto es que gracias a ello podemos decir que tenemos el sistema antiestrés más efectivo y divertido del planeta. Aunque siempre queda la opción de viajar en un cómodo, seguro y aburrido taxi.


¿Quieres ser un combista internacionalmente reconocido?


domingo, 9 de diciembre de 2007

A Huacho me fui - Final


-Yo antes hacía rezadas –me confiesa Rocío mientras desayuno el último día de mi estancia en Huacho- y también podía leer las cartas, pero me enfermé y ya no lo hago más.

Muchas personas por aquí saben de rituales y pociones, sin necesidad de ser curanderos o brujos. Es como si todos los pobladores tuvieran algo de magia ancestral escondida, y sólo de vez en cuando lo sacan a flote.

-Todo depende de uno mismo. Si en realidad tienes fe en que te vas a sanar, pues lo haces. Si estás convencido de que te han hecho un daño, empeoras. Tiene mucho que ver con la psicología y la autosugestión.

Quizá esta explicación sea la más acertada respecto al origen de las creencias huachanas: una sociedad con un legado milenario de dioses, mitos y costumbres andinas que se mezcla con la tradición cristiana para dar lugar a un híbrido que se tiene una gran acogida en distintos lugares del país. Pero que sin duda tiene su mayor referente en Huacho, la ciudad de los brujos.

viernes, 7 de diciembre de 2007

A Huacho me fui V


“‘El Magnate’: Maestro curandero”, dice el título de la tarjeta personal de Manuel Sánchez. De aproximadamente sesenta o quizá más años, flaco, calvo, y sonrisa amigable, me invita a pasar a la sala de su casa para la entrevista. Viste ropa casual: una camisa celeste y un pantalón plomo. Lleva una gorra para protegerse del poderoso sol en esta mañana huachana.

-¿Tu eres estudiante de medicina?- me pregunta, mientras tomamos asiento. Y es que las universidades de Lima y provincias envían a sus alumnos a investigar sobre las hierbas mágicas que usan los curanderos para sanar a sus pacientes. Muchos estudiantes vienen a buscar a Manuel, porque saben que es confiable y no se guarda ningún secreto con sus pociones.

-Si es para ayudar a curar gente, en buena hora.

Manuel no es huachano, él nació la provincia de Salas, en Lambayeque; pero vive en la ciudad de Huacho desde los 17 años. Cuenta que su padre y su abuelo eran también curanderos; y ellos fueron los primeros que lo educaron por ese misterioso camino.

-Hay tres tipos de enfermedades. Las que son para doctor, las que son para curandero y las que no tienen cura. Las que son para doctor son causadas naturalmente, por lo que una buena pastilla o inyección puede ser suficiente. Sin embrago, si son para curandero; quiere decir que han sido provocadas por un brujo, y por más medicina que tome, en lugar de sanarlo, ésta lo hará empeorar. La única forma de curar al paciente es pasándole el cuy, haciendo una mesada y dándole de beber mis remedios hechos a base de hierbas.

La pasada de cuy es una ceremonia muy conocida entre los habitantes de Huacho. Colocan al enfermo en una silla y le rezan para encomendarlo a dios, luego traen un cuy de color entero y lo pasan alrededor de todo el cuerpo del paciente. Finalmente, cortan transversalmente al roedor, dejando al descubierto sus órganos internos. Examinando el interior del cuy, el curandero puede entender de qué se trata la enfermedad y cuál es su causa.

-Pero el cuy no cura, sólo sirve para ver qué tiene. Así como los doctores toman radiografías, ecografías, etc. nosotros pasamos el cuy y con eso sabemos qué es lo que está pasando. –dice Manuel, orgulloso- Para curarlo es necesario hacer una mesada. Nos reunimos a medianoche con el enfermo y sus familiares, y rezamos durantes dos o tres horas por su sanación. Luego le doy de beber unos brebajes naturales, y con eso suele ser suficiente.

En las mesadas, los curanderos visten de manera especial: un gran poncho que puede ser blanco o negro y un sombrero, así como pantalón y zapatos negros suelen completar el vestuario.

-¿Y tú también puedes hacer hechizos de brujo?

-No. Una persona sólo puede hacer el bien o el mal, no ambos. Los brujos hacen un pacto de sangre y alma con el diablo para poder tener sus habilidades, y es por eso que hacer el daño no es tan complicado como curarte de él. Para ellos, basta con maldecirte para hacerte el mal.

El tono de Manuel se vuelve grave y serio. Frunce el seño, me mira a los ojos. No es fácil hablar del demonio en un pueblo con creencias tan arraigadas como Huacho.

-Los brujos viven en lugares muy apartados de la gente – mientras me explica, recuerdo el camino para llegar donde Pocho- y dentro de sus casas no tienen muebles, sólo una pequeña mesa en donde hacen sus conjuros.

-¿Conoces a los brujos y curanderos de Luriama?

-Sí, claro. Los de la campiña no hacen nada como curanderos; pero como brujos, mis respetos. Pero los de ahora ya no son como los de antes. Ahora los brujos cobran, piden dinero, engañan. Ven la brujería como un negocio muy rentable.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

A Huacho me fui IV


Los verdaderos brujos son difíciles de entrevistar. Prueba de ello fue mi intento fallido con Pocho. Sin embargo, y luego de una persecución casi acosadora de mi parte, pactamos una reunión en su casa en Luriama, aunque esta vez a las tres de la tarde.

En la puerta y en las ventanas de la casa de Pocho hay figuras de cabezas de cóndores hechas de metal. Dentro de la casa también hay adornos de metal y madera con formas de animales: aves, felinos y serpientes se confunden en las frías y rojas paredes de la antesala. Una decena de sillas está colocada en el perímetro de esta, y conforman la totalidad de muebles en el lugar.

Si pensaban que los brujos huachanos tienen parecido con los hechiceros más famosos, como el viejo Merlín, la bruja de Hansel y Gretel, o el moderno Harry Potter, pues están terriblemente equivocados. No usan sombreros con estrellas ni varitas mágicas, no tienen barbas largas ni cicatrices en la frente, tampoco vuelan en escobas y, por supuesto, no tienen una calabaza en el jardín de su casa.

Pocho es un señor de aproximadamente cuarenta años, baja estatura, tiene piel oscura y cabello negro y lacio, no viste ropa llamativa ni porta ningún objeto delatador. Si me lo cruzara en la calle, jamás pensaría que se trata de uno de los brujos más conocidos de Huacho.

Me siento en una de las sillas de la antesala, porque en estos momentos está atendiendo a una señora que evita dejarse ver. Espero cerca de diez minutos, hasta que la señora por fin sale y Pocho me hace pasar a la sala. En esta estancia tampoco hay muebles, sólo una mesa mediana y un par de sillas junto a ella. Un fuerte olor a hierbas irradia todo el lugar.

-Mira, joven –me dice Pocho, en tono serio- yo te puedo hablar de costumbres, cultura, comida e historia de Huacho. Pero de brujería y curanderismo, no puedo hablar.

Ese ‘no puedo’ llama poderosamente mi atención, ¿no quiere hablar de eso, o no puede por algún compromiso o pacto en el cual se le prohíbe revelar los secretos de su trabajo? Intento llevar sutilmente la conversación hacia el tema que quiero tratar.

No es una mesa común la que está frente a nosotros. Está cubierta por un mantel blanco con figuras de cruces y motivos religiosos, encima del mantel hay pomos de perfumes, botellas con líquidos extraños, velas de color rojo y un cuadro grande con la figura de Jesucristo. También hay una baraja de extrañas cartas, que están todas volteadas. Mi mirada se pierde entre todos estos detalles, mientras consigo que Pocho hable del tema hasta hace poco prohibido.

-Dos fuerzas dominan este mundo –dice, mientras me mira fijamente a los ojos- las del bien, que están con dios; y las del mal, con el diablo. Todo en el universo está dividido de esa manera: dos piernas, dos brazos, dos ojos, macho y hembra, negro y blanco, belleza y fealdad, verdad y falsedad, encendido y apagado. Si tu corazón está encendido, vives; si está apagado ¡pues mueres! –enfatiza, cerrando el puño a la altura de su pecho.

Asiento con la cabeza, al mismo momento que me pregunto de qué lado estará él. Pocho continúa su discurso:

-Hay personas que logran controlar alguna de estas dos fuerzas, que pueden ser usadas tanto para curar como para hacer daño. Si usas las fuerzas de dios, sanas enfermedades, ayudas a obtener éxito en los negocios y a tener suerte en el amor. Si usas las del demonio…-se detiene un momento, y sonríe, burlón- puedes, por ejemplo, hacer enfermar tanto a una persona, que ninguna medicina, por más moderna que sea, es efectiva. Poco a poco va perdiendo peso, ánimo y ganas de vivir. Las medicinas no funcionan, el tiempo pasa, la desesperación aumenta. Hasta que finalmente se da por vencido.

-¿Y no hay forma de que se cure?

-Sólo un curandero puede salvarle la vida. Los curanderos son los únicos capaces de revertir el efecto del daño producido por un brujo.

A Huacho me fui III

“En la década de 1950, vivió en Huacho el brujo más famoso y temido de todos los tiempos: Don José Yancunta.”, me comenta Julio Solórzano, mientras tomamos un café en un restaurante cercano al Terminal de autobuses. No hay muchas personas por aquí, solo una pareja en una mesa al fondo y una familia que acaba de sentarse en la mesa de al lado.

Solórzano es presidente de la sociedad de poetas y narradores de la región Lima provincias e investigador de curanderismo y brujería. Ha conocido –y conoce- a muchos de los brujos más respetados de Huacho, y es, probablemente, una de las personas que más sabe sobre el mítico Yancunta. Incluso, tiene un blog en el cual publica periódicamente sus investigaciones. Para él –a diferencia de los pobladores comunes- no es problema hablar del brujo más representativo de Huacho:

“Vivió en el barrio de Luriama, era trigueño, de baja estatura y ciego, andaba siempre en un caballo blanco y era muy asiduo a las peleas de gallos. Cuentan que cuando iba a una pelea, Yancunta pedía hacer cantar a las aves y elegía al que tenía el mejor canto, ya que este correspondía al mejor luchador. Yancunta siempre ganaba en las apuestas, y hacía enfurecer a los organizadores.”

Las personas que están en el restaurante se muestran nerviosas al escuchar nuestra conversación, y la pareja se retira. Julio continúa, entusiasmado: “Sin embargo, son muchas las fantasías que se hablan sobre Yancunta: que se convertía en animales, que desaparecía, etc. Esos son solo inventos que se cuentan para aumentar la popularidad del brujo, nada de ello es cierto.”

“En el distrito de Hualmay, vivía uno de los brujos más conocidos y poderosos de la época: Canebo. Él era el líder de los brujos de Hualmay, y aseguraba ser mejor que cualquiera de Luriama. Yancunta no se quedó atrás, y pactó un encuentro, un duelo mágico a solas contra Canebo.”

La emoción con la que Julio Solórzano cuenta la historia hace que la familia que se sienta en la mesa de al lado se empiece a inquietar. “Una noche se fueron al campo, lejos de la ciudad. Se internaron en la campiña, donde nadie podía verlos. Allí tuvo lugar el reto.”

“Nadie sabe lo que allí pasó, lo único que sé es que Yancunta volvió del encuentro ciego. Canebo nunca regresó.” El relato se ve interrumpido por el súbito llanto de la niña, quien grita desconsoladamente que tiene miedo y que se quiere ir.

Lo padres, al ver que sus intentos por detener el llanto de su hija no son fructíferos, deciden retirarse del lugar mirándonos con cara de pocos amigos.

Miro alrededor y noto que no hay nadie más aparte de nosotros en el restaurante. Los únicos sonidos que escucho son los de nuestras voces hablando sobre brujos. Una sensación parecida a la de la otra noche en la campiña me invade de nuevo.

-¿Qué diferencia hay entre los brujos de la época de Yancunta y los actuales? –le pregunto.

-Los brujos han cambiado mucho desde entonces, ahora sólo se dedican a hacer negocio, buscan beneficios económicos, parece que se hubiera perdido la esencia de lo que significa ser brujo. Los de antes lo hacían por pasión, por diversión; hoy, por dinero.

martes, 4 de diciembre de 2007

A Huacho me fui II

La campiña de Luriama puede llegar a ser un lugar divertido durante el día: mucha gente, sol, bosque, comida, viento, naturaleza. Es decir, el lugar ideal para pasar un día de campo con la familia. Sin embargo, este apacible y relajante lugar se transforma en horas de la noche, y adquiere un aspecto más bien sombrío, silencioso y solitario.

Son las diez de la noche y voy en busca de Pocho[1], un conocido curandero que vive en Luriama. Para llegar a la entrada que lleva a la casa de Pocho, es necesario tomar la autopista y alejarse algunos kilómetros de la ciudad de Huacho.

La carretera nos deja en la entrada a la campiña. Frente a mí, una trocha iluminada solamente por unos cuantos tímidos postes de alumbrado público se abre paso entre los arbustos y árboles cercanos a las tierras de cultivo. La oscuridad, el silencio y el frío de la noche parecen cubrirlo todo a mi alrededor. No diviso una sola persona, y las pocas casas construidas a ambos lados del camino, tienen todas sus luces apagadas.

Voy caminando con unos guías, habitantes de Luriama. El sonido de nuestras pisadas en la tierra y nuestras voces logran romper el silencio sepulcral que domina el lugar. De pronto, se escuchan sonidos de animales que parecen estar escondidos detrás de los arbustos, asustados, o quizá enfurecidos por culpa del ruido que provocamos.

Me acuerdo de Jonathan Harker, el personaje de la novela Drácula, perdido en medio de un paisaje tenebroso, llevado por un camino abrupto que tiene como destino el castillo del temible conde Drácula. En la novela de Bram Stoker, Harker es un inglés indiferente a supersticiones y leyendas, y que envalentonado por su incredulidad, se deja llevar hasta el peligroso castillo, en donde vive las más terroríficas aventuras.

-Debemos doblar a la izquierda –me dice mi guía, en un punto en donde el camina quiebra, dejando al frente un gran descampado en donde no habían ni casas, ni tierras para cultivar, ni arbustos, ni ningún rastro de vida. Un terreno completamente muerto.

-¿Por qué está vacío? –pregunto, absorbido por mi curiosidad.

-Es un cementerio –responde tranquilamente, no le sorprende mi inquietud- es el antiguo cementerio de la campiña, el nuevo está más adelante.

-Ah, es el antiguo cementerio –balbuceo mientras siento que un frío intenso recorre mi espina dorsal –eso quiere decir que…

-No. Los cuerpos siguen enterrados aquí.

Tras caminar quince minutos, llegamos a la casa de Pocho. Sale a nuestro encuentro un joven de menos de veinte años, quien alegremente nos dice que Pocho no está, se ha ido a los gallos.

En Huacho, así como en las ciudades aledañas, las peleas de gallos congregan a cientos de personas, que acostumbran apostar dinero al gallo de su preferencia. Así que volvemos a la ciudad, en busca del coliseo donde usualmente se presentan las peleas de gallos.

Sin embargo, el estadio se encuentra cerrado, vacío y con las luces apagadas. Hoy no hay peleas, tendré que buscar a Pocho en otro momento.


[1] Nombre cambiado para efectos de esta crónica.

A Huacho me fui I


Siempre que se descubre un asesinato extraño, un crimen sin motivo aparente o una muerte inexplicable en Huacho, la primera teoría que esbozan los periodistas es que pueda tener que ver con el misterioso mundo de los brujos huachanos. De hecho, los lugares en donde ocurren estos macabros sucesos son usualmente casonas antiguas, ranchos apartados de la ciudad, o cabañas escondidas en medio de la maleza, por lo que la explicación sobrenatural aparece antes –y más fácil- que una investigación empírica.

Lo cierto es que en el imaginario de la gente, Huacho ocupa un lugar indiscutible como cuna de la brujería, curanderismo y demás creencias mágicas. Y tiene razones para que esto sea así, ya que desde hace decenas de años, muchas personas vienen a Huacho para que los curen de algún mal que la ciencia no puede sanar, para que les vaya bien en los negocios, o para tener mejor suerte en el amor. Y cuentan que les fue bien.

Vienen desde Lima, Lambayeque, Piura y algunas ciudades de la sierra peruana, en busca de los famosos y misteriosos brujos de Huacho, protagonistas de extraordinarias historias que, quiéranlo o no, han colaborado con la popularidad de la ciudad.

Hoy es diez de noviembre, y la ciudad entera celebra el aniversario número 133 de la fundación de Huacho. Llego cerca del mediodía a la plaza principal y se está llevando a cabo un desfile cívico-militar en el que participan pobladores, estudiantes, y las autoridades más importantes de la ciudad. Hay mucha gente congregada aquí, y muchos avisos publicitando conciertos, fiestas, concursos de belleza y demás celebraciones por el aniversario.

“Aquí sí que sabemos celebrar, hemos estado de fiesta toda la semana”, me dice doña Rocío, la hospitalaria y sonriente dueña de la fuente de soda donde desayuno yogurt y pan con salchicha . Dicen que la salchicha huachana es la mejor y que si uno viene y no se come una salchicha, pues no vale la pena haber venido. La comida de Huacho es casi tan conocida como sus brujos, sólo que a la gente no le gusta hablar mucho de ellos, como me daría cuenta más adelante.

-Pero no he venido a buscar comida -le cuento a Rocío.

-Entonces, ¿qué busca?

-A los brujos –respondo. La amigable sonrisa de Rocío se va perdiendo, y su rostro adquiere un tono severo y desconfiado- he escuchado que hay muchos por aquí.

Le comento que estoy trabajando en una crónica y que busco información sobre ellos. Poco a poco, va perdiendo la desconfianza, recupera -aunque a medias- su sonrisa y empieza a contarme que es cierto que muchos de los mejores brujos han vivido y viven en Huacho, que es muy fácil encontrarlos y que tengo que tener cuidado con los charlatanes.

-Los charlatanes son esos que dicen que saben de brujería y curanderismo, pero en realidad no son nada de eso. Solo engañan a la gente y les piden su dinero.

La diferencia entre un curandero y un brujo es que el primero se encarga, entre otras cosas, de sanar enfermedades con hierbas o jarabes, leer las cartas, ‘pasar el cuy’, etc; mientras el segundo es quien ‘hace el daño’, es decir, provoca algún mal en la persona, sea de salud, económico o sentimental. El daño que hace un brujo, según me dicen, puede llevar a una persona incluso a la muerte.

Todos en Huacho conocen de la existencia de curanderos, brujos y por supuesto, charlatanes. También saben que si estás buscando brujos, puedes encontrar a los mejores en la campiña de Luriama. Se trata un poblado que queda a pocos kilómetros de la ciudad de Huacho, popular por su comida y por ser un lugar de esparcimiento imperdible para el turismo. Lo que los huachanos no cuentan a los turistas es que Luriama es también hogar de los brujos más temidos.

Rocío me avisa que a los verdaderos brujos no les gusta dar entrevistas, son muy desconfiados y huraños con los desconocidos. “Es muy difícil que puedas obtener algo de ellos”, me advierte. “Y debes tener cuidado, he escuchado que hacen pactos con el diablo. Yo no me meto con los brujos de la campiña, para ellos ¡mis respetos!”.


miércoles, 19 de septiembre de 2007

Nuevos Instrumentos


Escuché por ahí a alguien decir que el rock pronto será música del recuerdo. Deseo de todo corazón que esto no sea así, pero la creación de nuevos instruentos, así como de nuevas formas de producir música avalan esta hipótesis.

Este es el "Reactable", un nuevo intrumento que consiste en una mesa con sensores que crea sonido y música a partir del movimiento de generadores, procesadores y sintetizadores. Suena difícil, pero hasta un bebé lo puede usar.Véalo y créalo.

http://www.youtube.com/watch?v=0h-RhyopUmc

martes, 18 de septiembre de 2007

¿La revolución en Latinoamérica?


Mucho se dice de la “Revolución de los medios”: que ya empezó, que los grandes diarios se desmoronarán, que el papel desaparecerá, que en la mayoría de lugares del mundo la gente se conectará a Internet gratuitamente, que el nuevo papel será de plástico y se volverá un soporte de uso masivo. Todo esto en un lapso de 15 años, aproximadamente.

Esto ya parece un sueño febril de algún entusiasta científico futurista del MIT -o, un poco más cerca, de la UNI- que sueña con la consolidación de la tecnología como base de esta revolución, que logrará dar un giro fundamental en el orden mundial y, por supuesto, en nuestras vidas

Internet es la punta de lanza de la revolución, el inicio del cambio, gracias a que en poco tiempo todo el mundo estará conectado, y de forma gratuita. Leo en una crónica de Juan Pablo Meneses[1]que el pueblo de Salamanca, en Chile, ha sido nombrado como el primer pueblo con conexión inalámbrica a Internet, “antes que en París, Nueva York o Buenos Aires”. Todo hace suponer que la revolución empieza en continente menos revolucionario de todos: Latinoamérica.

En la práctica, cuenta Meneses, la conectividad no es tan asequible, debido a que la cantidad de usuarios hace pesado el flujo de información -es casi imposible conectarse después de navidad- y lo torna muy difícil de alcanzar. Incluso expone que fue más la publicidad respecto al hecho que su efectividad ¿Internet para todos, o para nadie?

Otra caballito de batalla es el hecho de que -agárrense fuerte a sus asientos- ¡el papel va a desaparecer! Y su reemplazo es un plástico hecho de fibra de vidrio en donde se pueden cargar y visualizar todos los textos habidos y por haber, además este “nuevo papel” se hará de uso masivo, y le diremos adiós a los pesados e incómodos libros impresos.

Vayamos por partes, mejor. Hagamos memoria de lo que dijeron los futurólogos amantes de la polémica cuando nuevos inventos veían la luz: Cuando salió la fotografía, dijeron adiós a la pintura; cuando salió el cine, adiós al teatro; cuando salió la TV, adiós al cine; etc. ¿Algo hace pensar que esta vez si será la vencida y por fin nos desharemos de ese soporte anticuado llamado papel? No lo creo.

Además, echemos un ojo a nuestra realidad: Plan Huascarán, el caso de Salamanca, Laptops de $100 para los estudiantes, etc. ¿Alguno de estos proyectos ha tenido resultados positivos en nuestra sociedad latinoamericana?; ¿en verdad estamos preparados para recibir con brazos abiertos a la “revolución de los medios”, y poder sacarle provecho?; ¿de qué sirve prestarle especial atención a la tecnología de punta, si la base de los recursos humanos, la educación, es dejada de lado?

Viendo como están las cosas, al final, pienso que Latinoamérica brindará feroz resistencia a la revolución –para alegría de los amantes de los libros “a la Gutenberg”, entre los cuales me incluyo-. Una revolución que, si bien está empezando a ser patente, tomará mucho más tiempo del que los científicos trasnochados esperan. Y si en su mira está Latinoamérica, sugiero esperar sentados.


[1] Etiqueta Negra No.51. “El primer pueblo wireless”, por Juan Pablo Meneses.

http://www.youtube.com/v/aD4XtZqJu-U

lunes, 3 de septiembre de 2007

Plaza San Miguel

Bajo del micro en el cruce de las avenidas Universitaria y La Marina. Noto la enorme cantidad de avisos publicitarios que me rodean: telefonía móvil, electrodomésticos comida, cine, gimnasios y muchos negocios más. Los publicistas saben de la cantidad y tipo de gente asidua a este centro comercial, y aprovechan para bombardearlos lo más que pueden.

Empiezo a caminar y recuerdo cómo de niño venía a caminar con mi familia. La Plaza tenía casi el mismo tamaño, aunque menos personas, menos negocios y ningún edificio de más de dos pisos. Era pues, un lugar tranquilo para caminar, relajarse y pasar un día en familia.

Ahora es casi imposible caminar despacio por aquí. Se tiene que caminar a la misma velocidad del resto de personas (que usualmente están apuradas, quién sabe por qué razones) si no se quiere terminar golpeado, pateado o pisoteado.

La cantidad creciente de negocios es proporcional a la cantidad de personas (consumidores). Mientras más tipos de negocios son creados, más personas van a comprar; y viceversa. Esto hace que en este momento se están construyendo nuevas tiendas, y quitando espacio para transitar a pie.

En casi todas las esquinas encuentro cajeros automático (los bancos ya pasaron de moda, sólo hay uno). Y dentro de cada tienda encuentro simpáticas señoritas, que una sonrisa me invitan a tener una tarjeta de crédito.

¿Sociedad de la vigilancia? Es un alivio saber que no vine en carro, sino tendrían un registro que incluiría, además de la matrícula de mi auto, cuantas veces voy al centro comercial, qué días voy, a qué hora, cuanto tiempo estoy, etc.

Felizmente no tengo ni tarjeta ni auto, no estoy vigilado, me siento libre…hasta que mi instinto me hace levantar la mirada y veo las cámaras de vigilancia, moviéndose de un lado a otro mientras graban cada segundo de mi cara de desilusión.

Tiendas de ropa se confunden con restaurantes, puestos de venta de discos compactos, shows infantiles y un cine en el cual se tienen que hacer colas inmensas para poder ver alguna película made in Hollywood.

La plaza San Miguel es ahora un lugar para dejarse atrapar por ese movimiento vertiginoso que implica “2x1”, “% de descuento”, “pague con su tarjeta…”, “afíliese a…”, y que te invita a comprar todo lo que puedas en el menor tiempo posible, antes de que se termine la promoción, el descuento o el fin de semana.

Del tranquilo y relajante paseo familiar no queda (casi) nada. Hacia el final de mi recorrido extraño la Plaza San Miguel de mis recuerdos, mientras hojeo la revista que me acabo de comprar, saboreo un café humeante –muy bueno contra el frío- y me prometo que vendré al cine el próximo fin de semana.

lunes, 13 de agosto de 2007

La leyenda del "Chelero"

Existen ciertas personas en las que se puede percibir un aura distinta, una especie de energía envolvente que hace notar que estás frente a un poder sobrenatural, una magia oculta tras un velo de misterio que intenta encubrir quién sabe qué increíbles hazañas y que, por lo mismo, prefieren quedarse así, ocultas, para no causar mayor revuelo entre los curiosos.

Este es el caso de una persona que sobrepasó los límites de la imaginación humana para consagrarse como un mito, un ídolo del cual se sabe pero nunca se habla, por temor a convocar nuevamente su destructivo –y sediento –poder. Esta es la leyenda del “Chelero”.

Todo comenzó al inicio del Ciclo 2004-1. Miles de estudiantes recién salidos del colegio se preparaban para iniciar sus tareas en la universidad. Estas labores incluían- entre otras cosas menos importantes, como las clases -las famosas “cachimbadas”, concursos que se realizan entre los diferentes salones (desde partidos de fútbol hasta el infaltable y muy concurrido bailetón) con el fin de acumular la mayor puntaje para obtener el premio mayor: 40 cajas de cerveza para el salón ganador.

Cachimbos y cachimbas daban lo mejor de sí en cada prueba, todos querían el primer lugar y estaban dispuestos todo lo humanamente posible para alcanzarlo. Apretados marcadores en los deportes e interminables horas de baile así lo demostraban.

Sin embargo, en las cachimbadas un juego es definitivo, no tanto en el puntaje pero sí con respecto a la moral de los participantes: El Vikingo. Consiste en que cuatro representantes de un salón deben beber una caja de cervezas (12 botellas) en menos de 3 minutos. Pero no es la botella normal de 750ml, sino la gigantesca y demoledora de 1.100L, capaz de dejar en KO al más experimentado bebedor, si no tiene cuidado al tomarla.

Una botella de esas marea sin problemas al ingenuo que ose tomarla a esa velocidad. Dos emborrachan al envalentonado en castigo por su premura. Sólo los estómagos más fuertes y mejor entrenados sobreviven a la descarga de tres botellas de 1.100L en menos de tres minutos. Aún así, son muy pocos los cachimbos que viven para contar la proeza.

Esto lo sabían todos los estudiantes, participar en un evento así era estar dispuesto a morir alcoholizado, por ello, muchos salones se abstuvieron, dada la peligrosidad del asunto. Es también por estas razones que el equipo vencedor era considerado el representante del salón que más merecía las 40 cajas de cerveza, debido a su indiscutible calidad de bebedores.

Al llegar el día pactado, sólo tres equipos habían aceptado el reto, y en mi salón faltaba un valiente más para completar la representación. Mientras los delegados se desesperaban corriendo de un lado a otro en busca del cuarto jugador, apareció casi de la nada un joven regordete y sonriente, quien, casi sin pensarlo firmó la ficha de inscripción y se apresuró a ocupar el lugar que le correspondía, al lado de sus tres temerosos compañeros, quienes parecían arrepentidos de su decisión.

No hay duda de que nos sorprendió su absoluta tranquilidad y su casi inconsciencia del peligro que se cernía sobre él en ese momento. Sin embargo, lo que nos dejó boquiabiertos es lo que hizo a continuación.

Cientos de estudiantes se encontraban apostados en los alrededores de la “rotonda”, lugar donde se llevaba a cabo el evento, gritando y ovacionando a los concursantes. Los cuatro equipos frente a sus sendas cajas de inmensas botellas de cerveza se preparaban psicológicamente- o rezaban, dependiendo del caso- para el lance final. El cronómetro estaba listo para contar los tres minutos más largos de sus existencias, y un ensordecedor pitazo dio inicio a la competencia.

Los bebedores hacían lo mejor que podían, los espectadores alentaban sin cesar a sus salones, cientos de curiosos se acercaban a ver qué es lo que sucedía, botellas iban y venían, caían los primeros débiles ante la embestida de las dos primeras botellas, y sólo dos de los cuatro equipos aún quedaban en pie luego de pasados los dos primeros minutos. Uno de ellos era el de mi salón, con su guerrero ignoto, que tomaba a una velocidad superior a la de todos los demás, y que no parecía en lo absoluto afectado por los litros de cerveza tan velozmente ingeridos.

Casi al final del tiempo estimado, un participante de nuestro equipo cayó de bruces al suelo y no pudo continuar más. La derrota era inminente, quedaban menos de 20 segundos y era imposible que se reincorpore y termine su ración. Sin embargo, ocurrió lo impensable.

Nuestro regordete y sonriente amigo resultó ser todo un Vikingo contemporáneo y, acabada su tercera botella, asió la de su moribundo compañero y la secó en menos de un abrir y cerrar de ojos, ante el estupor del público, la incredulidad de los demás salones y, por supuesto, la alegría del nuestro.

Un silencio espectral se apoderó de la rotonda acabado el concurso, y Joe –así se llamaba el vikingo- se puso de pie y caminó lentamente entre la multitud hasta desaparecer tras los pabellones de la facultad. Lo que más llamaba la atención fue su sobrio andar, como si no hubiera bebido una sola gota de alcohol. Era como haberse pasado toda una vida esperando un momento como éste para dar a conocer su inverosímil poder.

Así, Joe dejó de ser conocido por su nombre y se convirtió en “El Chelero”, héroe y leyenda, admirado y respetado por las nuevas generaciones de cachimbos, que oyen y no pueden creer que haya existido una persona con tal capacidad para tomar cerveza.

Joe no participó nunca más en ninguna competencia similar, por más que se lo rogaban, y hace poco declaró haber decidido volverse abstemio, aunque todos los estudiantes de esa promoción anhelamos con entusiasmo poder ver de nuevo al espectacular “Chelero” realizando hazañas gracias a ese don sobrehumano del que solo él es poseedor: El don de tomar cantidades colosales de cerveza, y nunca embriagarse.

viernes, 6 de julio de 2007

Noche Psicodélica

¿Te imaginas creando melodías a partir del sonido de los latidos de tu propio corazón? ¿o hacer y deshacer figuras y sonidos aleatorios solamente con un movimiento del Mouse y un clic?. Pues todo esto es posible en la exposición: “MadMAx: Ejercicios de arte interactivo”, actividad que se desarrolla en el Centro Fundación Telefónica. En esta muestra se presentan obras de arte basadas en nuevos medios y tecnologías, en donde la principal característica es la interacción entre la obra de arte y el usuario.

Ayer acompañé a Daniel Salvador, coordinador principal del grupo de investigación ECOS (Estudios Contemporáneos de Operaciones con Sonido) de la PUCP, a la inauguración de la exhibición, la primera muestra de este tipo de arte en Lima. Aquí la Crónica.


Las puertas del Centro Fundación Telefónica se abrieron la noche del 5 de julio para presentar a ingenieros, artistas, aficionados y público en general la muestra de arte interactivo “MadMax”. ¿De qué se trata? En los meses de Enero y Febrero se llevó a cabo el taller de Introducción a los software de programación Max/MSP/Jitter, con los cuales se pueden desarrollar piezas de arte interactivas no convencionales. Este taller estuvo a cargo de Leonardo Camacho y 8 de los trabajos finales son mostrados en la presentación.

Luego de descansar en unos confortables sofás y observar la muestra de vidoarte “El rey de los cerros”, nos acercamos a la sala Plasma, bien iluminada y con una pequeña plataforma en donde Camacho daría sus psicodélicas palabras de bienvenida. Luego de esto, mi amigo Daniel empezó a buscar con la mirada a un compañero suyo, líder del grupo PUCP que desarrolló hace ya varios años la archiconocida “Arpa Láser”, Kiko Mayorga. Nos comentó un poco acerca de los programas Max/MSP y no pudo esconder su alegría al hablar de la muestra. Un vino (re)seco y una guapa española vestida de negro apagaron la conversación, así que decidimos probar aquellos “juguetes” por nuestra propia cuenta.

Dado que son obras interactivas, para que funcionen cabalmente es necesario que el espectador deje de ser sólo eso y forme parte activa de las mismas. En una de ellas, “Ratón Psicodélico”, el usuario debe crear (formar y deformar) tanto sonidos como imágenes proyectadas en una pared blanca. Es difícil de explicar con palabras, pero Daniel, al terminar, lo describió acertadamente: “Me dan ganas de pegármela”. Sobran comentarios.

“Cocktail Sónico” fue otra de las piezas mostradas esa noche. Al introducir micrófonos en distintos envases (desde botellas hasta latas de cerveza) se producen diversos sonidos que pueden ser agrupados para formar una obra de arte sonoro.

Luego de culminar el recorrido, me quedé con las ganas de regresar y probar una vez más estas propiedades de cada trabajo artístico, experimentar con soportes no convencionales que aún no se desarrollan pero que de seguro serán el boom de los años venideros. Casi en la salida, nos encontramos con Miguel López, también del grupo del Arpa Láser y experto en tecnicismos que entusiasmaban a Daniel pero que no lograron el más mínimo efecto en mí (es que soy un Dummy en tecnologías). También conversamos con Clara Huarniz y Alex Julia, quienes nos comentaron los entretelones de su obra “Cocktail Sónico”. “Falta afinar un poco”, sugirió Mayorga.

Al final, quedó la sensación de que acabábamos de descubrir un mundo oculto incluso para las facultades de Ingeniería Electrónica más reconocidas del país, y que tiene un enorme horizonte de desarrollo. Nuestros temores fueron dejados de lado y muchas de nuestras dudas, despejadas. Ahora sólo debemos aguardar a que aparezcan genios de la electrónica que eleven la calidad de las muestras a niveles insospechados. Genios que logren expandir toda esta gamma de posibilidades que ofrecen programas como Max o Pure-Data. Genios como los de ECOS.


La exposición va del 3 al 22 de julio. Más información en:

http://blog.pucp.edu.pe/item/11186

http://www.elcomercio.com.pe/edicionImpresa/pdf/2007/07/05/ECCU050707c11.pdf

http://www.telefonica.com.pe/centrofundacion/


lunes, 2 de julio de 2007

Amor y fútbol

No entiendo cómo es que un corazón puede resistir tantos embates, estocadas y golpizas. Solo hay una forma de que ese corazón pueda soportar tanto sufrimiento, y es que esté enamorado. Y que como amante ciego y apasionado, no haga caso al sufrimiento y siga adelante, fiel, decidido a seguir a la amada, cualquiera que fuese el resultado del lance.

Es que lo cautivó su perfecta redondez, su grácil andar sobre el verde suelo, su capacidad para transformarse de una dócil paloma a una feroz tigresa en menos de un segundo, pero sobre todo, esa increíble habilidad para despertar los más profundos sentimientos escondidos en la oscuridad del alma humana.

Sin embargo, el precio que hay que pagar para seguir amándola es muy alto, y más aún cuando se elige a once envalentonados guerreros, capaces de golear y humillar a una potencia sudamericana, pero que unos días después son vencidos por uno de los equipos más débiles del torneo.

Esta es la historia de un (des)amor platónico, ilusionado y, lo peor -o lo mejor- de todo, insensato. El romance de una graciosa selección con una aún más graciosa legión de hinchas, admiradores y seguidores ingenuos que añoran con algún día celebrar y disfrutar del exquisito y onírico sabor de un gol peruano. Me incluyo.

No había razón alguna como para emocionarme con la actuación de Perú en esta Copa América en Venezuela. No se jugaba bien, no se anotaban goles ni siquiera en los partidos de práctica, la defensa era bochornosa y el técnico no me cae bien. Además, era imposible –masoquista- ilusionarse con el equipo que quedó noveno de diez participantes en la última eliminatoria para el Mundial. Era racionalmente inconcebible ilusionarse con un equipo así. Desgraciadamente, el amor, hasta yo tengo entendido, es irracional.

Ergo, me resultó imposible resistirme a la tentación de ver jugar a nuestra selección en su partido inicial, que era también el partido inicial de la Copa. Rogué al cielo para que no estuviese cometiendo una locura (más) de amor, y para que no termine con el corazón hecho pedazos. Prendí la tele, me senté en mi sofá y esperé, impaciente, a que comenzara el partido.

Como lo temí (y al mismo tiempo lo deseaba desde el fondo de mi alma), bastó una pequeña chispa para iniciar el siniestro. Perú –increíblemente- jugaba mejor que Uruguay, atacaba, tenía oportunidades de anotar, y la victoria no parecía tan irreal. Bastó el primer gol para que todo ese escepticismo, resentimiento y apatía con respecto a la selección desaparecieran mágicamente, y me vuelva a ilusionar con aquella que tantas veces me había hecho volver a la realidad de la peor de las formas: por goleada. Pero ninguno de esos recuerdos (que son muchos) se volcó a mi mente en ese momento, no había tiempo, porque rápidamente Perú encajó el segundo gol.

El partido terminó 3-0 y en ese momento fui feliz. Nada de penúltimos puestos, nada de entrenadores antipáticos ni de defensas vergonzosas. Perú había ganado. Punto. No había más que pensar en el siguiente rival: Venezuela. Recordé que los comentaristas deportivos le llamaban –entre risas- “La Cenicienta del fútbol sudamericano” en la última Copa América. Me había olvidado (o mejor dicho, no quería recordar) la goleada de 4-1 que nos propinó en la última eliminatoria. “Este sábado estamos en segunda ronda” les dije a mis amigos mientras alegremente los invitaba a ver el partido en mi casa.

Todo estaba preparado, la familia reunida en la sala, mis amigos atentos al inicio del partido, yo comía canchita y miraba con sed las latas de cerveza que debían ser abiertas apenas llegue el gol peruano. La moral al tope, las ilusiones en las nubes, los corazones enamorados palpitando fuera de nuestras cajas toráxicos, ojos al borde de las lágrimas y gargantas esperando ser inflamadas de tanto gritar. Todo listo para el partidazo. “Porque Perú va a hacer un partidazo”, como dijo algún entusiasta por ahí. Empezó.

Perdimos 2-0 contra “La Cenicienta” Venezuela. Estoy furioso, resentido y desilusionado. Estoy de luto y no pienso abrir ni una sola lata de cerveza…hasta el martes, que jugamos contra Bolivia. ¡Sí se puede!

martes, 29 de mayo de 2007

Siempre y cuando no pongan reggaeton

Han pasado varios años desde que empezó a sonar en las radios limeñas una cancioncita muy pegajosa para muchos-muy odiosa para otros-, cantada por un hasta entonces desconocido puertorriqueño que se hacía llamar “Daddy Yankee”. Nunca entendí bien lo que decía la letra, ni qué tipo de música era esa, pero al poco tiempo no había discoteca en Lima en donde no sonara “La Gasolina”, nombre de la susodicha canción.

Luego descubrí que ese estilo musical tenía nombre propio: “Reggaeton”, y que ya tenía tiempo haciendo bailar a miles de jóvenes en nuestra capital; pero se escuchaba y bailaba únicamente en fiestas para escolares, aún no había salido al aire en ninguna radio, y nadie tarareaba esas canciones mientras caminaba por la calle. Tras la aparición de Yankee y su Gasolina, el Reggaetón escapó de las penumbras y alzó vuelo.

Poco tiempo después, un huayco de “reggaetoneros” arrasó –literalmente- con la ciudad. Miles y miles de estudiantes escolares y universitarios se volcaron de forma masiva a conocidas discotecas del centro de Lima, como “Calle 8” y “Los Botes”, que hasta hoy siguen siendo las más solicitadas. El fenómeno Reggaetón el Lima se había desatado y no había quién lo pare.

Muchos atribuyen el éxito del Reggaetón al dinamismo de sus melodías, o a sus letras simples y directas; pero la verdad acerca del auge de este estilo de música tiene que ver más con la forma que con el fondo. Con la forma de bailarlo. Y es que su baile es tan voluptuoso que hasta tiene un nombre científico zoológico: Perreo.

El perreo consiste en acercarse lo más que se puede a la pareja de baile, y hacer unos movimientos pélvicos alrededor de ella, movimientos que, desde mi punto de vista, son mucho más agradables con otro tipo de música, sin gente y en posición horizontal.
Es decir, todo el proceso de la seducción reducido a un baile grotesco, incómodo, y lo que es peor, público. La sensualidad en el sentido más burdo de la palabra.

Temblaron los padres al ver a sus hijas bailando, se escandalizaron las madres al ver a sus hijos aferrados a sus parejas, se indignaron los conservadores y se avergonzaron los liberales. “Algún día teníamos que llegar a esto” dijo Joaquín Sabina en una entrevista con Jaime Bayly; y en parte es cierto; el baile, concebido como un rito de coquetería en parejas (y no hablo solamente del perreo, sino también de bailes más tradicionales como el tango o la marinera), apunta siempre a las zonas más tórridas del cuerpo humano, y corre el riesgo de degenerar (de hecho, últimamente han aparecido algunos híbridos abominables con nombres terroríficos tales como "Perreo-Chacalonero", entre otros).

Personalmente, no soy muy asiduo de los actos públicos, además soy demasiado torpe como para poder articular dos pasos de baile seguidos (así sea del baile más fácil); por lo tanto, me es preferible hacer uso de mi derecho constitucional a quedarme sentado -tomando, eventualmente- en una fiesta, sin molestar a nadie. Siempre y cuando no pongan reggaeton.

lunes, 28 de mayo de 2007

¿Chávez, o no Chávez?

"Así lloren los oligarcas", dijo el presidente Bolivariano en uno de sus discursos antes del cese de la emisión de RCTV (Radio Caracas Televisión), dando a entender que su decisión era de carácter irrevocable, pase lo que pase. Y se desató la tormenta.

Era de esperarse, la única televisora de oposición en la señal abierta era sacada del aire al no renovársele la licencia, por ser acusada de "golpista". El hecho ha terminado por polarizar opiniones no sólo en Venezuela, sino en todo Latinoamérica, en donde el fantasma de los Dictadores autócratas y violadores de la libertad de expresión pareciera que vuelve a la vida, encarnado en Chávez Frías.

Organizaciones internacionales como la OEA y la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) se han pronunciado al respecto, criticando la actitud del Presidente Venezolano. Los medios y asociaciones peruanas de radio y televisión también se han mostrado en contra del corte de la señal de RCTV, argumentando que es un agravio contra la libertad de expresión.

A favor de Chávez están los medios venezolanos (controlados en su mayoría por el estado), como la televisora Telesur, que acepta abiertamente su proceder y celebra la aparición de una "Televisión de servicio público, ya definida como Televisora Venezolana Social". Y es que una orden del poder judicial(también manejado por Chávez) permite el uso de los equipos de RCTV por parte del estado para poder lanzar al aire una nueva emisora que ocupe el lugar que ocupó durante 53 años la privada RCTV. Asimismo, Telesur afirma que la mayoría de Venezolanos aprueba el actuar de su Presidente (algo un poco difícil de creer, cuando una encuesta reciente indica que el 80% de venezolanos lo desaprueba)

El meollo del asunto es, entonces, si la decisión de Chávez de no renovarle la licencia a la única televisora opositora de señal abierta va en contra de la libertad de expresión o no. Pero antes de definir una postura respecto al tema, debemos hacer un poco de memoria y recordar lo que significa "libertad de expresión".

En su sentido más llano, libertad de expresión es el derecho fundamental que tiene una persona para expresar ideas libremente y, por lo tanto, sin censura. Partiendo de eso, ya que no se le renueva la licencia a RCTV por ser una emisora de carácter "golpista", es decir, por incitar posiciones radicales en contra del gobierno de turno; podría pensarse que Chávez está dando un paso más en su camino a convertirse en un dictador "fantasma" de los que hablábamos al principio.

Al estar todas las televisoras de señal abierta controladas por el gobierno, las personas de los estratos más bajos venezolanos (los que no tienen ni cable ni Internet) son influenciados directamente por propaganda pro-chavista, y no pueden acceder a otros puntos de vista (no tan amigos del gobierno).

Hoy, Chávez advirtió a otra emisora televisiva, Globovisión, que de seguir alentando discursos "magnicidas", correría la misma suerte que RCTV. El Presidente Bolivariano no duda en poner mano dura frente a quienes van en contra de la revolución venezolana, sin tener en cuenta las reacciones que estas decisiones puedan provocar en el pueblo, que se ha volcado a las calles para protestar contra las actitudes dictatoriales.

Dispénseme la parcialidad con la que trato el asunto, pero es que aún están frescos en mi memoria los recuerdos de la dictadura de nuestro prófugo ex-presidente Fujimori, quien arguyendo diversos motivos se apropió de los medios de comunicación de señal abierta, con el propósito de difundir propaganda a favor de su gobierno. Los recuerdos aún están frescos, y no podré jamás estar a favor de un régimen que busca la misma forma de influenciar a través de los medios como lo hizo Fujimori (así como tantos otros dictadores) en su época.

viernes, 6 de abril de 2007

Una Semana "Santa"

"Semana Santa es un tiempo de recogimiento, de reflexión, de recordar y arrepentirnos por todos nuestros pecados, nuestros malos actos; para que nos sean perdonados."
Esto es más o menos lo primero que escuchamos cuando de niños, con toda nuestra inocencia infantil, preguntamos a algún mayor sobre el significado de la "Semana Santa". También nos hablan de Jesús, de la última cena, de las siete iglesias y de las siete comidas (sobre esto último no estoy seguro, porque mi abuela es la única persona que conoce y practica esta tradición).

Pero pongámonos la mano al pecho (y la otra al bolsillo derecho, para que no nos bolsiqueen mientras hacemos nuestro recorrido por las iglesias del centro de Lima) y digamos la verdad sobre qué es lo primero que pensamos cuando escuchamos las palabras "Semana Santa".

Para muchos es un fin de semana largo, sin estudios ni trabajo, descansar sin parar durante cuatro largos días, esperando que duren mucho más de 24 horas (en especial el Domingo, un día antes de retomar nuestras tareas). Hay otros que prefieren viajar a conocer el país y hacer un poco de turismo (cosa que para mí nunca es posible, porque los precios de pasajes, estadía y comida se disparan durante estas fechas, y mi agujereado bolsillo no da para tanto).

Estas son solo versiones calmadas de las cosas, porque si abrimos bien los ojos nos damos cuenta de que hay formas un poco más desenfrenadas de vivir la semana santa (y empezamos a darnos cuenta de por qué es esta semana tan "Santa"), y empiezan a aparecer las noches de camping ("campamento" en español y "campamonto" en peruano, según tengo referencia) y las fiestas inacabables desde el jueves en la noche hasta el domingo en la madrugada (el resto del día es para descansar de la resaca, dícese "Domingo de Resurrección").

Ahora, si seguimos nuestras antiguas costumbres, tendremos que salir a caminar por las calles de nuestra gran Lima en busca de nuestras siete iglesias; pero hay que tener mucho cuidado, si es que no queremos ser abordados por algunos de esos ladronzuelos que pululan en el centro de la ciudad desde tiempos inmemoriales.

Entonces ¿en que quedamos? de la antigua semana santa, la de nuestros abuelos, la del tiempo de paz y recogimiento no queda (casi) nada; y ahora lo que nos queda es un fin de semana "santo" (es decir, intocable), esperado ansiosamente por muchas personas para vivirlo como uno quiera.

En mi caso, me echaré y descansaré en mi sofá, viendo por enésima vez la misma película sobre la vida del Jesús rubio y de ojos azules que veo todos los años; y clamaré al cielo para que algún día vuelva la televisión por cable a mi tan necesitado hogar. Amén.

miércoles, 4 de abril de 2007

Siga adelante, Comandante (pero cuidado con las minas)

Nunca pensé que mi primer escrito en un blog sería acerca de un personaje tan amado por unos como odiado por otros , que dio mucho que hablar en la última contienda electoral para presidente; sobre todo por su discurso violento, autoritario, anti-democrático y hasta homofóbico (pregúntenle a su papá, si no me creen), pero a pesar de eso, llegó a convencer a cerca de la mitad del electorado peruano y que, tras su fracaso como postulante a la presidencia, sigue dando que hablar con sus ideas nacionalistas un poquito jalada de los pelos.

Así pues, el comandante Ollanta ha declarado que va a convocar a un plantón
(que no tiene nada que ver con los cocaleros) en la frontera peruano-chilena, con el fin de ejercer presión sobre el diplomado peruano y chileno, en lo que se refiere a la delimitación terrestre en la frontera en cuestión. De esta forma, Humala busca hacer oír su clamor patriota en defensa del territorio nacional.

Que el capitán Carlos ( "nick" de Ollanta en Madre Mía) quiera hacer marchas, plantones y convocatorias revolucionarias no me parece mal en lo más mínimo, es su derecho; el problema es que esa zona aún no ha sido establecida como peruana (por lo menos internacionalmente, porque si de Humala dependiera, el Perú llegaría hasta el mismísimo Santiago), por lo tanto, el comandante no puede pasearse tan alegremente por ese lugar.

Además, el gobierno chileno ha establecido que si algún loco nacionalista traspasa el borde, será capturado y devuelto al Perú inmediatamente (cosa que no me agrada mucho, hubiese preferido que NO lo regresen). Pero hay algo más, también han declarado que la zona pretendida por Ollanta es una zona minada, ¿se imaginan? al comandante dirigiendo a sus tropas directamente a un campo minado, intentado llegar a la frontera al grito de "sí se puede" (algo similar a la preparación psicológica de los jugadores del Cienciano, quienes se quemaron los pies con carbón antes de la final de la copa).

Al respecto se han hecho muchas conjeturas sobre lo que les podría pasar a los humalistas: que los llevaran al paredón, que los tirarán al río, que Cipriani tomará su administración (ups, esa es otra historia), incluso una fuente fidedigna dice que Alan ha dado el visto bueno para que los bombardeen con aviones A34 (se acaba de descubrir un pozo de maceración justo en el mismo lugar del plantón).

Tanto el gobierno peruano como chileno se ha mostrado en desacuerdo frente a este intento de manifestación (que mas parece un manotazo de ahogado) que no busca sino hacer creer que el señor Ollanta todavía respira del aire que perdió hace tiempo, cuando fue derrotado.

Al final, sólo espero que no sean pocos los afectado por las minas y que esto no detenga para nada las conversaciones entre Perú y Chile para determinar sus límites, que es un tema delicado y muy importante para ambas naciones.