Combi: Dícese del medio de transporte netamente peruano en el cual la gente tiene el mismo rango de consideración que una sardina enlatada y donde se puede comprobar una realidad que desafía las más básicas leyes espaciales: al fondo SIEMPRE hay sitio. Para atreverse a tomar una combi se necesita tener las agallas suficientes como para aguantar pisotones, empellones, insultos y sacudidas; pero en una ciudad como Lima, las personas que padecemos este suplicio hemos aprendido a tomarlo de la forma más divertida posible.
No hay por qué renegar cuando un cobrador no te quiere cobrar el medio pasaje –que, con suerte, llega a ser 70 céntimos, cuando debería ser 50- y te hace problema en el carro. Lo que se debe hacer en esos casos es, antes de que venga el cobrador, sacar el boleto del día anterior, mostrárselo y poner la cara más furiosa que se pueda adoptar, mientras le dices de la forma más fresca posible: “¡Ya te pagué!”. Claro que si el cobrador advierte el engaño, la forma más efectiva de esquivar la inminente pateadura es saltando por la ventana más cercana.
Pero también hay oportunidades para los que hacen viajes largos y no gustan de aventuras tan riesgosas. Hacerse el dormido durante dos horas, y “despertarse” justo cuando se llega a la calle deseada puede aturdir al cobrador, lo que permitirá pagar, en el peor de los casos, una china –unidad de valor que en oídos de un cobrador es un insulto; y en los de un pasajero, una bendición del cielo- , siempre y cuando los argumentos emitidos sean lo suficientemente creíbles: “acabo de subir hace un par de cuadras”, “vengo de acá nomás, de la Bolívar”, “ya me pasé, por tu culpa ¿y encima me quieres cobrar?”.
Para los amantes de la velocidad y la adrenalina, esos a los que la montaña rusa del Play Land Park no les produce más que una sacudida minúscula; la opción perfecta es instalarse cómodamente en el asiento al costado del conductor, cerrar bien la puerta y colocarse el inservible cinturón de seguridad.
Entonces se estará listo para practicar el deporte de aventura más peligroso del mundo: Recorrer la avenida Arequipa a bordo de un transporte manejado por un conductor obsesivo de la velocidad, los piques y el intenso placer que supone poner en peligro la vida de pasajeros y peatones.
El deporte también incluye la mágica emoción de ir esquivando transeúntes, perros, autos y demás baches que se interpongan en el camino; mientras la combi se mueve zigzagueante, produciendo mareos, dolores de cabeza y náuseas. Todo ello al módico precio de un nuevo sol.
Muchos se quejan de que Lima no tenga un metro, pero lo cierto es que gracias a ello podemos decir que tenemos el sistema antiestrés más efectivo y divertido del planeta. Aunque siempre queda la opción de viajar en un cómodo, seguro y aburrido taxi.
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